47 AÑOS DE ESA ORUGA LLAMADA METRO

Por David Polo

Además de ser el transporte diario de miles de personas, fuente de ingresos y hogar de algunos, el Metro es también un símbolo de la Ciudad de México. Esa extraña oruga naranja y metálica, que avanza trabajosamente por los suelos y aires de la capital mexicana, cumple este 4 de septiembre 49 años de trasladar en sus entrañas a la vorágine chilanga y fuereña por igual.

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A pesar de sus retrasos, saturación y desgaste, no hay quien no se asombre ante la escandalosa llegada de sus vagones en convoy. Singular deidad de doce brazos, su aparición se agradece siempre, a la vez que es odiado y maldecido cada vez que se acerca echando chispas por el túnel en penumbras. Se mueve bajo el suelo con las pulsaciones de toda una metropoli sin hacer caso de prisas ni necesidades. Pareciera que tiene vida propia y se toma su tiempo para devorar pasajeros, hasta que no quepa uno más en su panza luminosa. Caprichoso, se divierte en arrojar gente por miles a las calles y estaciones del centro de la ciudad poco tiempo después.

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Sus pasillos y andenes albergan el más grande compendio de historias y oficios, sin embargo, todos son iguales ante la ventana de una taquillera estoica que despacha los fajos de boletos para entrar. Es como una ciudad aparte, en cuyo interior se gestan marchas, protestas, pleitos, amores y encuentros de toda índole. El Metro sabe tanto de vidas y muertes, de leyendas y mitos como de convulsiones sociales que no dudan en subirse a los torniquetes para gritar junto a un policía desinteresado: “¡metro popular!” para inmediatamente, en franco acto de rebeldía, cruzar de un salto la línea que separa el estar dentro o fuera del tren.

 
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Atraviesa la ciudad de cabo a rabo y en su andar une las porciones de una urbe fragmentada por la modernidad, conocida, por el que más, sólo a pedazos. “Adiós mi linda Tacuba, bella tierra tan risueña” cantaba Chava Flores, cuando por un peso se llegaba hasta Taxqueña. Con toda la carga de sus 47 años, y cuatro pesos después, el Metro se ha ganado un lugar esencial en el acontecer cotidiano de la vieja ciudad de hierro.

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