EL MAESTRO PAX Y SU TESORO

Hace tiempo era un muchacho de 16 años, auxiliar en una encuadernadora donde aprendió el arte de trabajar las pieles y armar libros. Era su contribución a la manutención de siete hermanos con una madre viuda y desheredada por su acomodada familia, por haber cometido la osadía de casarse con un seminarista. Y era también su entrada al mundo de la zona del centro histórico de la ciudad de México en donde la foto era protagonista: Palma, Donceles, Brasil, Carranza y sus aparadores, de donde surgió su flamante Brownie IV, con la que haría sus primeras fotos de fiestas y reuniones familiares.
Soñando con ser escultor, “el Rodin mexicano”, eligió Modelado en lugar de Fotografía como materia optativa en la Prepa 5 de Coapa y después de ejercer varios oficios, incluyendo vendedor de vajillas de casa en casa, por fin entró a la Academia de San Carlos: la carrera de Dibujo Publicitario tenía un horario especial para trabajadores. Y el mundo se ensanchó… las materias de artes plásticas fueron un gran descubrimiento.

Empezó a ir a comunidades indígenas y a fiestas religiosas y el panorama de la fotografía se amplió. Ahí estaban las imágenes, pero había aún una cierta timidez. Si hasta entonces había retratado arquitectura, objetos, texturas, ¿cómo tomar los rostros de quien no conocía? Tendría de dejar pasar más tiempo, familiarizarse, atreverse.

Y de ahí, a Grupo ICA, hasta que algo cambió su vida y su rumbo del diseño a la fotografía para siempre: la Escuela de Diseño y Artesanías de La Ciudadela (EDA) a donde llegó… porque quería hacer vitrales. Encontró ahí un espacio para otra exposición –la primera realizada en el lugar en donde hoy está el Centro de la Imagen–, cuando el maestro que daba foto se jubiló. Y Rubén se propuso para sustituirlo, sólo para toparse con un cuarto pintado de negro, dos o tres ampliadoras y su total inexperiencia en programas educativos. Y de la nada –y de su entusiasmo– empezó para encontrar la relación de la fotografía con la artesanía, con los textiles, los muebles, el diseño. Creó programas, elaboró una currícula, diseñó ejercicios.
Despierto por la sensación de la imagen, comenzó a aprender en libros y descubrió que había distintas películas, sensibilidades, calidades de papel, químicos preparados…
Si empezó con clases sólo los sábados para seguir trabajado como diseñador entre semana, la EDA fue absorbiéndolo. Cada vez tenía más alumnos y la foto lo jalaba: ya podía acercarse a hacer fiestas patronales, vida cotidiana de la ciudad, daba conferencias y hacía exposiciones. Estaba, pues, metido en la foto.
Pero la escuela tenía que ser un espacio de intercambio: uno para que los estudiantes expusieran y, al mismo tiempo, para que los alumnos de su recién creado Taller de Fotografía (1977) vieran lo que miraban otros ojos. Ahí desfilaron las imágenes de Gerardo Suter, Yolanda Andrade, Nacho López, Héctor García…
Innovador fue también en lo que ahora muchos han retomado. Desde 1974 ha estado trabajando en procesos antiguos o alternativos… primigenios, como él les llama. Desde entonces explora el mundo del papel salado, la goma bicromatada, la cianotipia y, por supuesto, la toma con cámara estenopeica, la que ha servido para los que están cansándose de lo digital y quieren volver a los principios de la foto analógica.

Valtierra lo llamó a La Jornada en 1984. Se habían conocido en la entrega de materiales de la Primera Bienal de Fotografía de 1980 porque llegaron tarde y tuvieron que colarse por detrás. Formarían luego Fotógrafos Unidos, como una agrupación disidente al Consejo Mexicano de Fotografía. Estarían también juntos en la segunda etapa de la Agencia Imagenlatina, allá por 1986.
El periodismo era un trabajo que se le presentaba como en bandeja de plata: tanto la Escuela como La Jornada estaban en Balderas y los horarios eran perfectos, pues su labor como laboratorista iniciaba en la tarde, con un turno especial y perfecto para seguir dando clases. Y en el laboratorio siguió aplicando “la magia de los polvitos”: compraba los ingredientes en las droguerías para amortizar los gastos, se encargaba de la impresión, revisaba las páginas ya formadas –“muy importante, revisar que llevaran crédito”–, hasta que Frida Hartz lo relevó y él se dedicó a la foto de prensa, sin dejar jamás sus clases…
Rubén Cárdenas Paz o Rubén Pax, como se rebautizó en su época de fotoperiodista, encontró otro mundo en la literatura a partir del Primer Encuentro de Poesía en Morelia. Desde entonces su presencia es constante en cuanto encuentro de artistas hay, desde la Feria del Libro de Guadalajara hasta el Festival Cervantino, exposiciones y presentaciones de libros. Tiene una relación con las artes pero otra muy personal con la literatura, “porque me interesa”.Y es que Rubén carga, desde siempre, un cuarto oscuro a donde quiera que vaya o a la casa a la que se mude. Necesita el olor de las químicos y el poder del asombro, ése que le enseñara su maestro en San Carlos, un arquitecto que lo introdujo a la magia de la fotografía, la que lo hace sentirse vivo, la que logra cosas fantásticas con una simple “mezcla de polvitos”.
Así que la FIL –o al Cervantino o a cualquier festival– va cargando con sus charolas, químicos e impresora, instala el cuarto oscuro en el hotel e imprime las fotos de los autores que acaba de retratar. Regresa a dárselas como un obsequio personal. Igual va a las editoriales y cambia sus fotos, sin venderlas jamás, por libros, quizá alguno de ellos autografiado, lo que tiene mucho más valor que cualquier cantidad de monedas.
Si bien tiene retratos de artistas plásticos, los literatos llenan su mundo. Escucharlos y, sobre todo, leerlos, es vivir la vida a través de las letras, es un descubrimiento que te regalan al darte sus experiencias.
“Saramago te da una idea plena, una que vives, no es que te imagines una imagen, es que la ves”, dice. Y es contundente: a la literatura le sobra lo que a la fotografía le falta: el uso de los otros sentidos.
¿Cuántas fotos de artistas tendrá? ¿Cientos? ¿Miles? Lo cierto es que nadie lo sabe y por ahora no tiene entre sus objetivos mostrarlas. Sólo “las guarda” como un tesoro. Y un tesoro es exactamente lo que son.
En los años 90 fundó la agencia Prisma, en la cual trabaja solamente asuntos culturales como la FIL y el Cervantino, del cual fue jefe de foto en 1995 y 1996, aunque ha asistido sin interrupción desde 1993 a la fecha: otro acervo que atesora.

Pax se jubiló como maestro en 2009. Pero eso es en realidad un formalismo. Hoy, como lo hace desde hace años, sigue dando clases particulares, una vocación incansable que habría que reconocer. Por eso recibe ahora el Premio Cuartoscuro 2012, la Cámara de Plata, por una trayectoria larga e intensa como fotógrafo y maestro de maestros de hoy. A su taller siguen llegando alumnos y él, como si fuera el primer día, sigue enseñando con el mismo entusiasmo.
¿Cuántos alumnos han desfilado por su laboratorio y por sus clases? Otro misterio, tan cerrado como el de un archivo al que quiere dedicarse ahora: que esté guardado, sí, pero en perfecto orden. (Ana Luisa Anza)


