Voladores de Papantla, Patrimonio Intangible de la Humanidad

Texto: Anasella Acosta / Fotos: Guillermo Perea, Rodolfo Angulo y Carlos Tischler
© CUARTOSCURO.COM

Papantla, Veracruz.- Cae el árbol. Vuela el hombre. Florece la tierra. Ciclo que dio sentido a la vida de los totonacos –hombres y mujeres de tres corazones– , y que en el último siglo, debido a la falta de transmisión cultural, a la pobreza, marginación, discriminación y deforestación brutal, estuvo en riesgo de quedar en banal acto del folclor mexicano, pero que gracias a la voz de los pobladores de la región, este año ha quedado inscrito como Patrimonio de la Humanidad ante la UNESCO y como orgullo de la cultura en el mundo.
En 1999, la Cumbre Tajín, un festival de espectáculos, que se realizó en la zona arqueológica más grande de México, se topó con la oposición de los pobladores de la región del Totonacapan, cuna de la Ceremonia ritual de los Voladores de Papantla. Nadie los había tomado en cuenta ni les pidió permiso para realizar un festival en su tierra, que no les brindaría ningún beneficio. Los indígenas totonacas levantaron la voz.
Tras hacerse escuchar ganaron como parte de esta Cumbre Tajín, la que en sus inicios los ignoró, un Centro de las Artes Indígenas (Parque temático Takilhsukut), y hoy, tras diez años de levantar la voz, la denominación de la Ceremonia Ritual de los Voladores de Papantla como Patrimonio Intangible de la Humanidad ante la UNESCO.
Claro que los totonacos también han debido asumir costos. Algunos pobladores de la zona arqueológica Tajín (sí, dentro de la zona hay asentamientos de indígenas totonacos que en su mayoría sobreviven del comercio) han sido limitados con una frontera de alambre, desde la cual -el alambrón en su cintura, no ahoga el grito de su oferta- ofrecen a los turistas los productos para su sobrevivencia: vainilla, caña, naranja, jícama.
Pero valen los logros. Por ejemplo, el de Putantlin (Casa de la Danza), que es la escuela de los niños voladores del Palo y la Cruzeta, y de la danza de Los Negritos. Esta escuela forma parte de otras enseñanzas impartidas en el Parque temático Takilhsukut, sede del Centro de las Artes Indígenas, y fue también uno de los planes punteros para preservar la Ceremonia Ritual de los Voladores y lograr su nominación como Patrimonio inmaterial.
Hace un año el arqueólogo José Luis Perea González, encargado de integrar el expediente de la ceremonia ante la UNESCO, explicó que este expediente no se limitó al vuelo de los danzantes, parte última de todo el ritual. Y por ello el convite fue presenciar una ceremonia express, de principio a fin, a la manera tradicional, esa que se busca rescatar y preservar.
Perea González refiere una leyenda popular que cuenta el sueño de un niño, en el que los dioses le dicen cómo realizar el ritual. El antecedente prehispánico, según el expediente entregado hace un año a la UNESCO, se haya en el códice de Azcatitlán, en el que se puede ver a los voladores en el contexto de un bautizo católico; la fusión de la ceremonia pagana con el catolicismo, apunta el investigador, permitió su sobreviviencia hasta nuestros días.
La búsqueda
La ceremonia ritual está integrada por varias etapas, que se puede resumir en: la búsqueda del árbol llamado Palo Volador, el corte y arrastre del mismo, su levantamiento y el sacrificio que es el vuelo.
La búsqueda del Palo volador inicia a cargo del Pilato y el Caporal, hombres sabios, abuelos, chacras, jefes de grupo o tribu. Genaro Hernández Hernández es el Caporal, de 54 años de edad, 32 de los cuáles ha sido danzante, y Nazario Pérez García, el Pilato, con cinco décadas de vida, y tres como volador. Ambos son respetados por el resto de los participantes en el ritual: más de un centenar de hombres, desde ancianos hasta niños, incluso uno de cuatro años, todos ataviados con el traje regional totonaca: camisa y pantalón blancos, botines negros y paliacate de color con flores bordadas en la frente.
No cualquier árbol de la especie puede ser elegido para el sacrificio, debe tener una altura que va de los 15 a los 25 metros, y un grosor de entre 40 y 45 centímetros. Aunque a decir verdad en tiempos actuales la búsqueda debe ceñirse a la compra del árbol, pues los pocos ejemplares que quedan se hayan en propiedad privada.
Para esta ocasión el Palo volador seleccionado se haya en la comunidad de San Lorenzo Tajín y fue comprado a don Juan, según lo referido por Leocadio Hernández García, miembro del Consejo Supremo Totonaco.
Dice don Felix García García, volador de 57 años, hijo de padre volador y nieto también de volador, aunque no padre de voladores, pues sus tres hijos ahora son militares: “Ya no hay árboles y los que hay tienen dueño… Yo volé desde los doce años, llegué a volar desde 30 metros, pero ya no hay árboles así, ahora son de 15 o 18 metros, y ya casi o hay”.
Se puede comprobar fácilmente lo dicho por Felix, pues la mayoría de los palos en Papantla -incluso en la zona arqueológica Tajín y en el atrio de la iglesia– son de metal, hecho aparentemente práctico pero que anula el ritual en su esencia: la concepción del ciclo de vida y el respeto por la naturaleza, al asumirse como parte de la misma.
Voladoras
Luego de erigir un altar para sus dioses, Caporal y Pilato se internan en el bosque seguidos del resto; las mujeres atrás “porque se trata de algo sagrado”, dicen ellos. Aunque a lo sagrado y lo natural se contraponen los vestigios oxidados de un pozo petrolero que hayamos en el bosque, y más adelante un letrero en el que se puede leer: “Peligro. No excavar, construir o golpear. Pemex”.
Valga decir que pese a la oposición de muchos hombres, en algunas zonas, como Huauchinango, ya hay mujeres voladoras. Y hace poco se seleccionó como finalista de festival internacional Expresión en corto el documental Voladora, de Chloé Campero, sobre Viviana Guerrero, una mujer voladora de 23 años, de la zona de Hidalgo, Veracruz, quien enfrenta la oposición de algunos hombres voladores a permitir la participación de las mujeres en el ritual.
Sin embargo, en marzo pasado, durante la Cumbre Tajín 2009 las mujeres tuvieron un espacio para ofrecer el ritual a la madre tierra, y Viviana fue una de las protagonistas de esta ceremonia.

Invocación a Kiwilcoloó
Ubicado el árbol, se procede a invocar al dios del monte, Kiwilcoloó para pedir permiso de cortar el Palo Volador, y perdón porque saben que irán contra la naturaleza. Ante dos máscaras ofrecen tabaco, copal, mezcal y flores. La oración crece y se hace lamento que emerge del verde punzante, provocado por las lluvias generosas de la temporada.
Genaro y Nazario se ponen las máscaras, la metamorfosis comienza, y montan su caballo de madera (que bien podría ser un bastón de mando, pero que el propio caporal aclara que no es sino el caballo que habrán de montar Caporal y Pilato). En medio del bosque, soberbio , orgulloso, enhiesto como un hombre que se sabe poderoso, aguarda el árbol Palo Volador. Nuevamente la ofrenda hecha de flor, mezcal, tabaco y copal. Y Ahora el son. Los danzantes rodean el árbol, piden perdón.
Primer hachazo. La tierra se constriñe. Una sucesión de golpes aumenta la expectativa. Aflora la ironía en algunos comentarios: “con una motosierra hubiera sido más rápido”, “pero es que lo quieren a la antigüita”.
El árbol es lazado, uno tras otro, los hombres forman una columna blanca para tirar de la soga. “váyanse allá, porque el árbol puede ganarles”. El otrora soberbio cae. Hay júbilo.
Labor comunitaria
La caída es secundada por el ritual del arrastre del Palo Volador. Todos tiran. Menos las mujeres que deben de ir, ahora, adelante, pues la energía de una de ellas, creen los totonacos, puede impedir el buen arrastre. La ceremonia ritual se convierte entonces, en trabajo colectivo que cumple con su función liberadora y se ve compensada con frutos.
La otra hazaña colectiva exigirá nuevamente el afán de los totonacos: incorporar el tronco del que ha de pender el sacrificio de hombre. Antes, tiene lugar el ritual de la ofrenda a la tierra. La protagonista ahora es una gallina negra, cuya sangre habrá de alimentar a la diosa de la tierra para hacer propicia la fertilidad. Y otra vez aguardiente, flores, tabaco, copal y danza. Al son del flautín y el tambor, interpretado por un solo hombre, ocurre otro fase del ritual.
Bañada en mezcal, la gallina es depositada en la fosa donde se erigirá al Palo. Dos veces el ave intenta el escape, la sorpresa y sonrisa de los niños es inevitable. El caporal la somete a punta de palo. El esfuerzo comunitario, apoyado en una horqueta formadas con polines, logra incorporar al Palo poco a poco y para admiración de los incrédulos,
Tláloc, magnánimo
El momento crucial del izamiento se ve coronado con la lluvia. Nazario, quien fue el Pilato en la ceremonia, interpreta el acontecimiento: “Es una bendición de la naturaleza, nos escuchó. Pedimos lluvia a Tlaloc, Cristo fue Tlaloc. Y el ritual se hizo bien”.
Pero esta ceremonia, también invoca al sol. Y tras la lluvia que apenas dura unos minutos, el cielo se abre, se asoma en su esplendor el sol, justo en el momento en el que inicia el son de la calle, que es la anunciación de los danzantes que habrán de trepar el Palo volador para luego ser hombres-ave y volar en pos de prosperidad, buenas cosechas y larga vida.
Antes de subir, los danzantes -que son estudiantes de la escuela del Centro de las Artes- bailan el son del perdón. Ya arriba y tras enredar la cuerda por la que han de volar, viene el son de los cuatro puntos cardinales, seguido del son del aire. Vestidos de blanco como símbolo de pureza, los cuatro danzantes se dejan caer; es el momento del sacrificio y toca lugar al son del vuelo o de la lluvia.
El antropólogo Perea González destaca este saber no reconocido, de la naturaleza y los ciclos de la misma, incluyendo la propia vida del hombre, como signo de resistencia del pueblo totonaca.
La ceremonia ritual de los voladores no sólo ocurre en Papantla, sino desde los estados de Jalisco y San Luis Potosí hasta Nicaragua, y es aporte de las culturas Totonaca, Teenek, Nahua, Ñañhú, Maya y de los Pipiles.
En la zona del Totonacapan se cuentan 500 voladores al menos, quienes ahora son los encargados de revalorar, preservar y transmitir su conocimiento, con la ventaja de una escuela de danzantes, cuyo director, el caporal Cruz Ramírez Vega tiene como eje rector de la educación de sus alumnos la disciplina, el aprendizaje del totonaco y la orientación espiritual: “Sólo se le dan tres oportunidades de ensayo al volador, después él tiene que hacerlo sólo, si no lo hace bien, ya el golpe lo enseñara”.
La ceremonia concluye con aplausos, sonrisas, una comilona al sazón de un mole rojo de guajolote, cansancio y la enorme convicción de que el trabajo y el ritual comunitario son fuente de vida y armonía con el mundo natural.

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