Una fotógrafa entre dos espacios…

En la obra de Valentina Sepúlveda, la frontera no se observa: se experimenta a través del cuerpo, la memoria y el tiempo

Portafolio publicado en la revista CUARTOSCURO 187 (diciembre 2025-febrero 2026)

Hay territorios que expanden su trazado en los mapas y ubican sus confines en el cuerpo. En esas zonas de tránsito, la lengua cambia, la luz se divide y la temporalidad parece adquirir otra densidad. En las fisuras del norte mexicano —entre Tijuana y San Diego, a mitad de lo íntimo y lo público, de lo mostrado y lo callado— habita la mirada de Valentina Sepúlveda (2000, La Paz), cuya obra no describe la frontera: la respira. Cada imagen de su autoría emerge de ese umbral donde el cuerpo muta en territorio y el territorio en cuerpo.

En su fotografía, el límite no se define por un muro ni por un punto de control. En cambio, lo transfronterizo se presenta como una experiencia que atraviesa la vida cotidiana: la mezcla de acentos, los desplazamientos familiares y las relaciones extendidas a ambos lados de una línea imaginaria. “He crecido toda mi vida cerca del mar, entre dos ciudades. Siempre he sentido que mi vida está acá, pero también allá…”, explica. Esa sensación de estar entre dos espacios ha moldeado su forma de ver el mundo. En sus imágenes no hay una línea divisoria cerrada, sino una superficie permeable donde lo personal y lo político se cruzan.

La obra de esta artista explora cómo los cuerpos se transforman al habitar zonas de tránsito, como la frontera, entendida como un espacio cultural que produce gestos, posturas y silencios particulares. Estos elementos funcionan como un lenguaje: la ropa cotidiana, un modo de mirar o una manera de sostenerse frente a la cámara. No pretende erigirse como autora de una representación fija de las personas; su interés radica en observar cómo los individuos se construyen a sí mismos en un contexto donde la identidad está en constante negociación: “No me interesa tanto de dónde viene alguien, sino cómo se muestra, cómo construye su propio personaje”.

Broadway, Chula Vista, CA, Estados Unidos, octubre de 2022. De la serie No Face. Fotografía titulada En(El) Otro Lado. Retrato de Fernanda Ortega. Fotografía digital. © Valentina Sepúlveda

Esta mirada también se extiende hacia las feminidades. Valentina Sepúlveda ha desarrollado proyectos en los que la figura femenina es fotografiada como un espacio de exploración y resistencia. En sus retratos, las mujeres se representan a sí mismas sin necesidad de encajar en un canon ni de responder a expectativas sociales: “A veces, el cuerpo es el primer territorio que nos toca habitar. Desde ahí entendemos qué significa estar entre un lugar y otro, o entre una mirada y otra”. La fotografía se convierte, así, en una herramienta para interrogar los modos en que las mujeres son vistas y cómo ellas mismas deciden mostrarse.

Sus encuadres no buscan la denuncia directa ni el testimonio inmediato; funcionan, más bien, como ejercicios de observación. La integrante del colectivo Fotógrafas del Norte se acerca a sus temas con una mezcla de distancia y empatía, permitiendo que la imagen conserve parte de su ambigüedad. Esa decisión genera cierta tensión: el espectador no recibe una interpretación cerrada, sino que debe recorrer los pliegues de la obra, detenerse en los detalles y leer sus capas. “Siempre me ha interesado esa parte del proceso donde la foto te revela algo que no esperabas. A veces, una sombra, una postura o un gesto dicen más que la historia completa”.

Tijuana B.C., México, octubre de 2021. De la serie El Diario de Beatriz. Fotografía digital. © Valentina Sepúlveda

La memoria es otro hilo constante en sus proyectos. Sepúlveda entiende la fotografía no sólo como una forma de registro; redobla la apuesta y concibe su oficio como un modo de habitar el tiempo: “Mi trabajo me ha llevado a reflexionar sobre aquello que perdura y aquello que se transforma. Algunas imágenes vuelven y se quedan contigo, aunque cambies de lugar o de vida”. Sus propuestas estéticas son fragmentos de ese retorno: recuerdos que se materializan en cuerpos y objetos, en espacios domésticos o en la vastedad del paisaje.

Al preguntarle cómo se representaría a sí misma, Valentina Sepúlveda reflexiona sobre las lecciones que la fotografía le ha dado acerca del tiempo y la identidad: “Siempre me hace reflexionar, me da respuestas. He llegado a entender que soy una composición, o que somos compositores del tiempo. Todo lo que vemos y tocamos es tiempo. En mí, y en los demás, encuentro una constante contradicción: un día pensamos una cosa y otra distinta a la mañana siguiente. Y esas contradicciones se viven en la memoria, el territorio, el género. Si tuviera que representarme, sería como un conjunto de pedazos de tiempo. Y lo haría por medio de la imagen”.

Información completa en la revista CUARTOSCURO 187

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