Maíz, agradecemos que traigas nuestra memoria a la luz
Fotos y texto de Corina Salazar
Hemos crecido contigo.
Nos has acompañado desde tiempos muy antiguos. Te enrollas en nuestra mano y sostienes nuestro alimento. Truenas en la boca, te deslizas por la garganta. Eres atole, eres tostada, eres la tortilla que todo guarda. Eres el tamal para el largo camino, el tlaxcal, el totopo, la chalupa y el tlacoyo. Eres un delicioso pozole y, en polvo, eres pinole. Y cuando tenemos la dicha de comerte en elote, dudamos si mejor hacerlo en esquite.
Para hacernos notar tu existencia, reventaste cual palomita. ¡Big bang! Eres nuestro universo, la masa, nuestra forma. Contigo entendimos nuestra propia existencia, creando un vínculo tan fuerte que tu sobrevivencia y la nuestra quedaron entrelazadas. Dejamos de caminar para sembrarte, y de la tierra brotó la civilización mesoamericana. Nació la gente del maíz.
Esta relación con la tierra cambió tras la llegada de otras creencias a tu continente americano. Para el siglo XX, tu herencia fue aún más amenazada cuando la Revolución Verde convenció de que la semilla híbrida, con su paquete tecnológico, era superior a la que guardaba la abuela. Algo se fracturó y el desequilibrio comenzó. Los insectos se convirtieron en plaga, la hierba en maleza y el suelo se secó. Tus colores se ocultaron, dejando a un híbrido blanco como única opción para acompañar nuestra comida. La dependencia de comprar semillas alimentó el olvido de una mística relación. Ahora, para crecer nuestro sustento, debíamos matar todo alrededor, siendo el glifosato el agrotóxico que mejor se ajustaba a la Revolución Genética.
El monocultivo se extendió por el campo y llegó a las ciudades en forma de harina para hacernos las tortillas. Los molinos comenzaron a callar por la ausencia del nixtamal. El conocimiento milenario de cocer el grano con cal quedó relegado junto con la armonía de la milpa.
Por años nos cegaron y fuimos perdiendo las semillas que habían tardado nueve mil años en adaptarse a un vasto y diverso territorio. El despojo de esta genética quedó sumergido en el cereal industrial. Sin embargo, la siembra de temporal mantenía otra comunicación con la naturaleza y el tiempo. En ella, las profundas raíces de las comunidades indígenas y de los pueblos campesinos conservaban en su cultura, tradición y gastronomía la diversidad esparcida por los cuatro rumbos con tus cuatro colores: rojo, amarillo, blanco y negro, de cuyos matices se pintan las 64 razas con su infinidad de variedades.
Maíz, tu presencia embellece el paisaje cuando abres tus brazos al viento y te coronas para casarte con el sol. Campanea tu espiga y vuela el polen que despierta al jilote. Poco a poco aparecen sus cabellos, y la figura de la joven Xilonen nace con la ternura de los elotes. Se anuncia la cosecha, suena la chirimía y San Miguel Arcángel llega a la elotada. Cuando el verdor de tu cuerpo se aleja y tus hojas se quiebran, atesoramos la mazorca que guarda las semillas de la siguiente generación. Centéotl se desgranará para volver a luchar en el inframundo.
Maíz, agradecemos que traigas nuestra memoria a la luz.



