Recuerda el valle: Marcey Jacobson

Texto: Gregorio Vázquez

Portafolio publicado en la revista Cuartoscuro 180 (marzo-mayo 2024)

Imagina que después de un viaje de muchas horas logras divisar un claro semiplano en la montaña, te recuestas en el campo que conserva la humedad y la frescura de Los Altos de Chiapas, te das el tiempo para contemplar el azul profundo del cielo… en este espacio te das cuenta de que las nubes están al alcance, también los sueños, la palabra y la imagen.

Muchas veces pienso que eso fue lo que le sucedió a Marcey Jacobson, fotógrafa estadunidense que se asentó en San Cristóbal de Las Casas en la década de los 50. Había visitado México en otras ocasiones; sin embargo, fue este sitio el que la atrajo de una forma insuperable. Decía que este pueblo era “el lugar que lo resuelve todo”.

Judía, socialista y fotógrafa, Jacobson habitó San Cristóbal por más de 50 años junto a su pareja Janet Marren, quien se dedicaba a la pintura. Se estableció a tal grado que cuando los nuevos habitantes observamos sus imágenes no dudamos tanto de su aprecio como de su visión crítica a este pueblo enclavado en las montañas del sureste mexicano.

En vida, Jacobson realizó algunas exposiciones en las que mostró sus imágenes de los pueblos indígenas, los paisajes que rodean la región, la vida cotidiana, los mercados y los oficios, pero también la marginación y las condiciones entre indígenas y ladinos. Estas exhibiciones tuvieron impacto en las cercanías, pero no lograron la proyección esperada hacia afuera, lo que generó una necesidad de “rescatarla” del olvido al que parecía condenada.

En 2022 se desarrolló una última muestra. BatsiLab, colectivo de fotógrafos chiapanecos que tiene como objetivo la creación de una colección de referencia de la fotografía realizada en el estado, en colaboración con Na Bolom, seleccionó una serie de más de 50 obras, entre digitales y ampliaciones plata gelatina, sobre su trayectoria fotográfica. Fue una exhibición de fotografía de calle que revelaba la maestría para capturar no sólo bellas imágenes sino obras que proyectan la marginación y separación evidente entre el mundo indígena que convergía en el pueblo y los ladinos que lo habitaban.

Jacobson sólo publicó un libro fotográfico: The Burden of Time/ La carga del tiempo, en el que escribió: “Mi reciente exposición reveló el paso del tiempo al presentar fotografías contrastantes, en pares de ‘entonces’ y ‘ahora’ de la ciudad… Se ha perdido tanta belleza para beneficiar al ‘progreso’. Los antiguos molinos, que servían para moler trigo, han caído en el abandono, y los campos donde crecía trigo y maíz están cubiertos de casuchas. El río, que antes estaba sombreado por ramas de robles vivos, no es más que una zanja barrosa”.

San Cristóbal de Las Casas fue su vida. En estas frías tierras se hizo fotógrafa… creo que fue el olor de los montes, los colores de los textiles; creo que en algo intervino el tono que da el atardecer a las paredes, los claroscuros de sus retratados; creo que la vida que transcurría a un ritmo diferente que en su lugar de origen la cautivaron y la hicieron suya, al igual que ella hizo suyo este pueblo que en su época era más templado, rodeado de montañas y neblinas que permitían soñar, crear, vivir… capturar aquello de lo que nadie hablaba.

Desde los exploradores que atravesaron las densas selvas chiapanecas a finales del siglo XIX hasta los fotógrafos actuales existe una especie de encanto por capturar la amplia gama de personajes y grupos existentes en Chiapas. Los indígenas son retratados en sus coloridas celebraciones, en la mística que encierran sus lugares de adoración, sus parajes son representados como idílicos. Son retratados en las montañas, en las selvas y con el rostro cubierto.

Otros han capturado lo exótico de las tierras, sus animales y plantas, los paisajes que van desde las montañas pedregosas de los altos y la sierra hasta las amplias sabanas del norte. Se registra a los ríos, las lagunas y senderos.

Sin embargo, hay otros fotógrafos que han logrado salir del trance y exploran otros elementos a fotografiar, han capturado el cambio, la marginación, la violencia, el Chiapas que no está en los folletos turísticos. Ahí está Marcey, como una precursora de este tipo de capturas, que pueden parecer inocentes pero no lo son, puesto que pone el lente en atrapar “la diferencia”.

Ella plasmó con su cámara Rolleiflex de formato medio imágenes que van más allá de las que hemos visto en todos los pueblos que fueron documentados en blanco y negro. Y es que sus imágenes también contenían una fuerte crítica social sobre las condiciones establecidas en San Cristóbal de Las Casas. Ella retrató la desigualdad antes de que fuera un tema de importancia en estas tierras; cuando se observa detenidamente sus piezas queda claro que no evocan la nostalgia del tiempo pasado, perdido, no; en su obra hay algo que obliga a mirar más profundo, a observar lo que nadie dice.

Sus imágenes están llenas de las condiciones de calle, de la gente que la transita y de la que la habita. En las plazuelas están los niños que laboran, los ciegos que piden limosna, los desgraciados que tienen que atravesar callejones que no tienen las condiciones para ser transitadas por quienes no tienen piernas.

Están los comerciantes indígenas que durante el día tienen que vender y por la tarde regresar a sus comunidades porque en el pueblo no existían espacios para ellos. Están los niños trabajadores en los mercados y las calles, lo que venden sal, pan, gallinas, helados, maíz, sombreros, aguardiente y sonrisas; están los niños que trafican su infancia con juegos temerarios, los descalzos que juegan a leer y los que descansan de la jornada impuesta por la necesidad.

Están los ciegos, principalmente indígenas, que después de haber dedicado una vida al trabajo en las fincas se han quedado solos, sin el privilegio de la vista, convertidos en esculturas móviles que deambulan por los pabellones de adobe que forman las amplias fachadas de las casas de este pueblo que ignora a sus fantasmas. Están los mendigos, los limosneros, los que no tienen nada más que pedir que un poquito de vida.

Ella se adelantó 30 años a fotoperiodistas y medios que llegaron con el levantamiento zapatista e inspeccionaran y difundieran las condiciones de desigualdad. Incluso entonces, luego de años de inactividad, 1994 la volvió a motivar, salió a las calles a documentar las marchas de los “auténticos coletos”, los grafitti y los muros que se levantaron con palabras que manifestaban que el Ejército se quedara: “Gracias soldados de la patria”, “agradecemos al Ejército su protección y pedimos su permanencia”, “no se vayan soldados de México”…

En una entrevista concedida a Kiki Suárez en 2001, relata fragmentos de su vida y acercamiento a Chiapas y la fotografía:

“Me uní al Partido Comunista cuando Hitler entró en Polonia. Estaba tratando de descubrir a dónde pertenecía. Permanecí en el partido hasta que los comunistas hicieron un trato con Hitler, lo que fue demasiado para mí. Decidí vivir en San Cristóbal por Janet. Un día de mayo, caminando en Nueva York, un amigo de WPA me presentó a Dorie. Dorie vivía entonces con ella, era su esposo. Así fue como la conocí. Ella había estado en México muchas veces; conocía todas las ruinas, Chichén y Uxmal. Yo también había estado en México, pero de una manera mucho más superficial, como una turista. Janet, por el contrario, conocía profundamente la cultura mexicana. Hasta entonces nunca había pensado mucho en ningún tipo de cultura.

Janet y yo nos enamoramos. Decidió que iba a dejar a su marido. Eso fue muy, muy, muy difícil para ella. Entonces ella vino a México, a Oaxaca, creo, donde iba a pintar. Y Julio de la Fuente le dijo: ´¿Por qué no le echas un vistazo a San Cristóbal?´Entonces Janet decidió venir por diez días. Por supuesto, ella se enamoró del lugar […] yo renuncié a mi trabajo y vine en septiembre de 1956 dispuesta a pasar el resto de mi vida con Janet. San Cristóbal fue un buen lugar para nosotros.

Todo en San Cristóbal me fascinaba: la gente, las fiestas, el campo, las montañas y la belleza del lugar. Y estar con Janet, por supuesto. Fue fácil entrar en estrecho contacto con la población local. Nos parecieron abiertos y amables. Quién sabe qué pensarían de nosotros, pero al menos superficialmente nos trataron bien. ¡La gente seguía llegando a nuestra puerta! No fui lo suficientemente inteligente como para sentir alguna vez una brecha cultural.

Pensé que en San Cristóbal empezaría a pintar. Me daba mucho miedo, porque cuando pintas empiezas de la nada y yo no sabía cómo empezar de la nada. Entonces, un amigo vino y me dio una cámara y me dijo: ´Toma, juega con esto y eso te relajará para pintar´. Por supuesto, me enganché a la cámara y nunca me dediqué a pintar. Me hice fotógrafa aquí.

A veces tengo estas sesiones con esta mujer que es canalizadora y ella me pone en contacto con Janet. Y en todas las sesiones que he tenido con ella, lo primero que dice Janet es: ´¡Recuerda el valle!´ El valle, eso es todo San Cristóbal. Irse lejos de casa y venir aquí hizo que la decisión de Janet de vivir conmigo fuera mucho más fácil”.

Marcey murió en 2009. Previamente, había cedido su trabajo fotográfico a Na Bolom, una asociación que resguarda el material visual de Gertrude Duby, quien se orientó principalmente a los lacandones. Ellas habían tenido una relación de amistad; ambas se habían iniciado en la fotografía en México y gran parte de su trabajo lo realizaron en Chiapas.

Se conservan 14 mil negativos que permiten adentrarse a conocer las entrañas de este pueblo y sus condiciones. Sirva este portafolio para no permitir que el olvido se lleve a Marcey, sirva para que “la carga del tiempo” no la aplaste y desaparezca.

Compra tu revista en Sanborns o suscríbete por 385 pesos al año con envío incluido (México). Info: redes@cuartoscuro.com

Publicaciones relacionadas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Botón volver arriba
Are you sure want to unlock this post?
Unlock left : 0
Are you sure want to cancel subscription?