La Bestia y La Selva: historias migrantes (primera parte)

Portafolio y texto publicado en la revista Cuartoscuro 179 (diciembre-febrero)

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Estoicismo
(Estado de México, México)

Le acaban de quitar la cinta adhesiva del rostro y dos líneas moradas enmarcan sus ojos. El hombre mira desasido las vías del tren, sus ojos no buscan nada, reposan impasibles en el espacio frente a sí. En menos de 10 minutos el hombre tocó a la puerta del albergue, entró a la ducha con su rostro terroso, se calzó unos zapatos usados que las monjas del Buen Samaritano disponen para los visitantes, hizo una llamada a su familia, y sin pronunciar más palabras que las necesarias para solicitar el uso de la regadera y el teléfono, salió con un leve rengueo para sentarse en la banca de piedra a la orilla de las vías, desde donde mira a la nada. Su expresión petrificada delata la costumbre de la fatalidad.

–Así vienen cuando están recién salidos de un secuestro, con la cara marcada por las cintas con que los tapan, con moretones, todos espantados y pálidos.

La hermana Luisa María unta frijoles refritos en los panes que Gloria, otra hermana de su congregación, le entrega ya embarrados de mayonesa. Como cada sábado, en unas horas saldrán para entregar alimento a los migrantes que esperan para subirse a los trenes en un descampado frente al basurero municipal de Tequixquiac. Las religiosas deben de tener cuidado con la cantidad de jalapeño que colocan entre el queso y el jamón; la mayoría de los migrantes son reacios al picante, sobre todo los que provienen del sur del continente, y no son poco comunes las reacciones de desagrado que los hacen volver la cara al hambre haciendo a un lado un bocadillo enchilado. El número de migrantes que ingresa a México ha incrementado considerablemente en los últimos meses. El abanico de nacionalidades del flujo varía, pero hoyestá compuesto en su mayoría de migrantes provenientes de Venezuela; le siguen, en mucha menor cantidad, los ecuatorianos, colombianos, hondureños, salvadoreños, haitianos, y una pequeña minoría de peruanos, africanos y asiáticos.

Ciudad Juárez, Chihuahua. Octubre, 2023. Migrantes viajan durante meses para llegar a la frontera e intentar cruzar a Estados Unidos.

–Pero no dijo nada de un secuestro, no dijo nada de nada.

–No dicen nada, pero a cada rato vienen así, con las marcas en la cara, sobre todo los hondureños, son a los que más secuestran en esta zona porque van en grupos más chicos que los venezolanos, o quien sabe por qué será, pero aquí por las vías rondan los malandrines, los andan cazando, los levantan y los encierran. Cuando salen del secuestro algunos llegan aquí, se bañan y le hablan a su familia. Casi ninguno nos dice nada, como éste, solo siguen su camino.

Salgo al encuentro del hombre, se llama «Juan» y tiene 41 años, su rostro recién aseado no deja de semejar a la tierra curtida de una superficie árida, tanto su piel como su mirada se han mimetizado con su travesía y sus paisajes de encuentros ásperos. Le pregunto si estuvo secuestrado, me dice que hace no más de dos horas lo liberaron, lo dejaron tirado por ahí afuera de una ranchería a uno o dos kilómetros del albergue, que estuvo tres semanas atado de manos y con la cara vendada en un cuarto con otros migrantes hasta que su familia, en Tegucigalpa, reunió los dos mil dólares que pedían por su vida.

–Aquí no está parando el tren -le digo señalando a las vías–. Está parando en el basurero de Tequixquiac, hacia Huehuetoca, queda lejos ¿qué vas a hacer?

Solo contesta lo necesario.

–Voy a esperar a que lleguen los otros, nos vamos a regresar a Huehuetoca y ahí lo vamos a esperar.

Sus ojos son dos esferas vacías, solo una leve melancolía tintinea escondida en algún lugar al fondo de ellas mientras sostiene la mirada y deja salir de su boca el esqueleto de palabras carentes de emoción alguna. De nuevo vuelve su rostro y se sume en una extraña paz que lo exime de la conversación mientras el viento del alba derrama su sonido en el paisaje transparente.

Dos monjas acomodan en la camioneta pick-up las cajas con la comida preparada: arroz, sopa, galletas, algunas centenas de botellas de agua, platos, vasos y cubiertos desechables. Ya están listas 300 tortas, aún les faltan 100 para partir a la orilla del basurero donde a esta hora ya se habrá reunido un número considerable de migrantes recién llegados de la Ciudad de México en autobuses o vehículos clandestinos. Apenas llegan al pueblo de Huehuetoca, los migrantes emprenden la caminata de 14 kilómetros que los separa del basurero de Tequixquiac. Ahí, al costado de las vías, esperan ansiosos el tren que a veces para y a veces se sigue de largo sin más. La predicción de su llegada es difícil, parece no cumplir horario, puede transcurrir un día entero sin asomar. Para cuando llega, los migrantes que fueron arribando en grupos familiares se habrán convertido en un tumulto impaciente. El flujo de migrantes que se suben diariamente al tren en el basurero de Tequixquiac para burlar los retenes migratorios de las carreteras sube y baja, pero en las últimas semanas y meses ha oscilado entre los 300 y 800.

Sin dejar de mirar hacia las vías, X me pregunta si soy mexicano. Quizá no haya caído en cuenta que me encuentro en circunstancias muy diferentes a las suyas. Que yo no vengo saliendo de un secuestro ni la probabilidad de uno amenaza con encontrarme en el horizonte próximo.

–Sí, soy periodista, estoy acá haciendo un reportaje sobre la situación de los migrantes.

–Ah, periodista, qué bueno eso.

Las palabras de «Juan» surgen de la misma oquedad que las anteriores. Parece no importarle nada. No es agotamiento, al menos no únicamente. Será quizá la creencia en la inevitabilidad del infortunio, una virtuosa aceptación de los acontecimientos desfavorables que le arroja el destino, o acaso la asiduidad de la desgracia en su vida lo ha orillado a la resignación pasiva ante la injusticia, y su entereza estoica se deba a dicho aturdimiento espiritual. Tal vez un poco de ambas. Lo cierto es que ni en su voz ni en sus ojos se traduce la queja o la autocompasión.

Al encenderse, el motor de la camioneta se desahoga en un tamborileo metálico. La caja está llena, son las nueve de la mañana y las monjas toman su lugar en el vehículo. Una de ellas, Luisa María, se asoma por la ventana e imita el sonido de la máquina de un tren, las otras tres festejan su gracia. Desobedeciendo la negativa de su superiora, Luisa María ha decidido que esa tarde, después de repartir el alimento, se subirá al tren con los migrantes para acompañarlos de cerca en parte de su viacrucis. Mientras me despido de X palpo el bolsillo de mi camisa y encuentro 50 pesos, se los entrego rápido, casi con vergüenza, pensando en la inutilidad del gesto, el no parece inmutarse, inclina levemente la cabeza y los toma de manera mecánica. Por menos de un segundo creo reconocer en sus ojos el destello de algo parecido a la felicidad.

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Tequixquiac, Estado de México. Septiembre, 2023. Migrantes de distintos países abordan el tren en los linderos de Hidalgo y el Estado de México.

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