La ausencia de la presencia: el oxímoron pandémico de Verde
Los seres humanos estamos hechos para comunicarnos y relacionarnos; necesitamos ser vistos y validados por otros. Buscamos afecto, aprobación, poder, control. Somos profundamente emocionales, incluso más que cualquier otro animal, sobre todo porque contamos con conciencia y razón. Pero, ¿qué ocurre cuando llega una pandemia y nos obliga a encerrarnos, limitando la convivencia, el tacto y el afecto? ¿Qué sucede cuando todo se vuelve virtual, en medio de la incertidumbre, sin respuestas claras sobre lo que está pasando ni sobre el alcance de la enfermedad?
La ausencia de la presencia, publicado en español, inglés e italiano, atiende a estas preguntas desde una mirada visual, introspectiva y profundamente humana. El autor, el artista y doctor en artes y diseño mexicano Óscar Ulises Verde, estaba en Italia cuando el COVID-19 golpeó con fuerza a ese país —el primero en Europa en registrar cifras alarmantes de contagios y muertes—. En ciudades como Florencia, Roma y Monte San Martino, se encontró con calles vacías, un silencio urbano desconcertante, y la sensación abrumadora de que el mundo, tal como lo conocíamos, se estaba desmoronando.
A partir de esta experiencia, el fotógrafo comenzó a documentar lo que ocurría a su alrededor. Las imágenes que integran el libro fueron captadas entre febrero y marzo de 2020, y más tarde intervenidas con coordenadas, anotaciones y negativos. Lo que ofrece la obra no es solo una colección visual del confinamiento, sino un testimonio emocional del colapso global y de la fragilidad humana ante lo desconocido.

La ausencia de la presencia nos enfrenta a paisajes urbanos solitarios, lugares en pausa que antes estaban llenos de vida. La obra nos recuerda cómo, en la cotidianidad, dábamos por sentadas libertades y privilegios, como si siempre hubieran estado garantizados. De pronto, el mundo se quebró. La epidemia comenzó a expandirse, desbordando fronteras, sin que nada ni nadie pudiera detenerla. El cariño y la cercanía se transformaron en amenazas. ¿Un mundo al revés? Un chiste cruel. Todo se volcó de cabeza. La culpa apareció por querer ver a nuestros seres queridos, por desear un abrazo. Un verdadero infierno, diría yo.
El proyecto de Verde insiste en el concepto del detenimiento: la forma en que la vida social fue sustituida por la rutina del encierro. El autor interpreta este momento como un llamado de la naturaleza, un “esténse quietos” impuesto a la humanidad para reclamar los espacios que ella misma había perdido. La paradoja se hace evidente: la ciudad vacía como símbolo de una civilización en crisis. Porque, en esencia, una ciudad sin personas deja de tener sentido. La urbe se define por sus habitantes, por su vida en común.
La noción de ausencia atraviesa todo el libro. La misma definición del término —la falta o carencia de alguien o algo en un lugar donde se esperaba su presencia— ya contiene en sí la idea de lo que falta, de lo que estuvo. En este juego conceptual se apoya Verde para construir el título de su obra, un oxímoron que capta con precisión el espíritu de esos días: lo que no está, pero que al mismo tiempo se hace visible por su ausencia.
Y sin embargo, como parte de nuestra naturaleza, también supimos adaptarnos. Frente al vacío, el ser humano halló maneras de seguir avanzando. Lo que parecía una crisis pasajera se prolongó por años. La pandemia transformó, tal vez para siempre, nuestra idea de “normalidad”. Las calles, lentamente, volvieron a llenarse, aunque no del todo como antes. El libro captura ese umbral, ese punto de no retorno. Una frase que aparece en sus páginas resume con fuerza su mensaje:
“Se recordará en generaciones venideras como el año en que los humanos fuimos obligados a desaparecer de las calles, a distanciarnos de los demás y a callar nuestras palabras. Se recordará como el año en que la naturaleza se impuso ante la soberbia y la arrogancia de la humanidad.”
Es irónico pensar que quizá fuimos nosotros mismos, con nuestras decisiones colectivas, quienes provocamos semejante desastre. La emergencia terminó, pero muchas de sus consecuencias permanecen. La distancia física se volvió hábito; el saludo cambió; el contacto perdió terreno. La tecnología se impuso como puente, pero también como barrera.
Mientras tanto, los problemas de atención, visión y postura aumentaron bajo la promesa de una nueva era: el trabajo remoto, el modelo híbrido, la vida filtrada a través de pantallas. Todo eso también es parte de lo que documenta La ausencia de la presencia, una obra que no solo registra el encierro, sino que plantea preguntas sobre el porvenir.
La convivencia entre personas seguirá siendo necesaria, sin duda. Pero la pregunta que persiste no es si seguiremos relacionándonos, sino cómo se transformará —en adelante— el concepto mismo de cercanía, contacto y comunidad entre seres humanos.




