Eloy Valtierra: Nómadas incansables

Texto (Ana Bernal) y portafolio publicado en la revista cuartoscuro número 30 (1998)

Un niño de cuatro años se acercó a la enorme carpa plantada en un baldío terregoso de Fresnillo. Oyó las explicaciones del hermano mayor sobre la existencia de algo llamado el circo. Se conformó, con los bolsillos vacíos, a mirar los animales mientras comían y el movimiento que generaba un espectáculo del que nada sabía.

El aire que movía la carpa le permitió atisbar unas luces de colores. Se guardó las sensaciones y las almacenó en la memoria durante más de veinte años.

A los 25 cumplidos, Eloy Valtierra volvió a toparse con un circo en Iztapalapa y, esta vez, decidió romper con el misterio. Sus tres espectadores, su león que comía pollo en lugar de carne de res y algunos focos fundidos, le hicieron revivir la misma sensación de su infancia.

Desde entonces, a veces por períodos cortos y fraccionados o más intensos como cuando obtuvo la beca del Fonca a jóvenes creadores, Eloy ha vuelto a los circos, sobre todo a aquellos que se instalan a las orillas de las grandes ciudades, para intentar plasmar esas sensaciones en imágenes. «No quiero describir el espectáculo, sino ir retratando lo que voy sintiendo cuando lo veo», dice. «Es como reconstruir ese sueño que tuve, eso que imaginé desde aquella vez de niño, cuando no pude entrar».

Y ahí está la niña con una mirada que imaginamos extasiada ante la velocidad de un caballo; los ojos tristes del personaje feliz por excelencia ante el espejo; el empresario, seguramente también conductor y director de hombres, mujeres, chiquillos y animales, saliendo de un dormitorio que ha recorrido cientos de paisajes.

Eloy prefiere los circos de la periferia porque le recuerdan al de su primer encuentro con el espectáculo. Y, sin embargo, no descarta al Atayde o incluso al Ringling Brothers.

«Todos los circos tienen la misma sensación, huelen igual, los cirqueros son un poco lo mismo: unos se cosen las medias antes de la función, otros salen impecables… pero el circo es el circo».

Y entonces vienen las historias que ha conocido y que, de alguna manera, se repiten de una carpa a otra: los animales que se mueren; la búsqueda de estatus a través del matrimonio entre cirqueros; la dureza con los hijos que tienen que superar al maestro; la disciplina, o aquellos que habiendo sido los mejores en su época consiguen chambas ahora en circos más pobres, creando una especie de circos de la tercera edad.

¿Quien se acaba una suela de zapatos en el circo, nunca más lo vuelve a dejar? «Yo no me la he acabado», bromea. «Pero el circo me sigue atrayendo, sé que siempre voy a volver».

Ya lo dice él mismo en la frase que eligió para la invitación de una exposición sobre el tema: Pareciera que el tiempo no pasara y el cuento para antes de dormir continuara…

Por hoy, deja descansar de su cámara el vuelo de los trapecistas sobre las cabezas que siguen las figuras en el aire, las acrobacias de los payasos y el rugido débil de las fieras que obedecen a los amos vestidos de etiqueta.

Podemos imaginar otra vez al pequeño que en 1968 se sintió asombrado ante la inmensidad de la carpa multicolor que un día amaneció ocupando con su ruido, sus altoparlantes y sus chaquiras el espacio del baldío.

 

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