El relato catártico del Palacio Alvarado
Estas fotografías nos muestran los rincones más íntimos del palacio, sus detalles arquitectónicos y las memorias de una familia que dejó una huella profunda en la historia de Parral
A lo largo de la República mexicana existe una vasta arquitectura y lugares emblemáticos llenos de memorias, vivencias y personajes que han marcado la historia de nuestro país. Con el paso del tiempo, muchos de estos espacios, pese a su valor simbólico y cultural, pasan desapercibidos. Uno de ellos es el Palacio Alvarado, un recinto ubicado en Parral, Chihuahua, que resguarda no sólo una rica herencia arquitectónica, sino también un cuento de amor emotivo.
Este fotolibro reúne una serie de fotografías que capturan detalles de los rincones más íntimos del palacio: colores, texturas y vestigios de la estética porfiriana de finales del siglo XIX y principios del XX, época en la que fue construido. A través de un recorrido visual y narrativo, la obra entrelaza testimonios familiares que fueron recabados principalmente por los nietos de don Pedro Alvarado, el minero protagonista de la obra, quien mandó a construir el palacio. Los textos contenidos en el libro son narrados en prosa por la escritora María Guadalupe González Ávila, quien cuenta este relato con gran delicadeza, haciéndonos pasar por muchas emociones: alegría, esperanza, entusiasmo, desolación, melancolía entre otras. Estas, se amplifican con las imágenes recabadas por las fotógrafas Sylvia Alonso, Sara Terán, Lupita Campos, Lilette Aguirre y el fotógrafo Alejandro Vargas.

A través de ellas observamos detalles como el comedor, las salas de estar, baños, habitaciones de la época, así como vestimentas, documentos y acercamientos al ornamento y mosaicos característicos del Palacio.
Los orígenes del lugar se remontan al año 1894 con la historia de amor entre don Pedro Alvarado y su amada esposa, Virginia Griensen. Él, originalmente llamado José Arturo Carmen Nieves, luchó durante su juventud por obtener el apellido de su padre, dejar de ser considerado “hijo natural” y construir una vida digna para su familia. Tras la muerte de Francisco Alvarado, su padre, heredó dos grandes propiedades, entre ellas la mina de La Palmilla y, siguiendo su intuición, motivado por la esperanza de hallar una veta, finalmente la encontró, convirtiéndose en uno de los hombres más ricos de la época, al grado de ofrecerse a pagar la deuda externa de México durante el gobierno de Porfirio Díaz.
Con esa fortuna decidió levantar un palacio para su amada: una estructura majestuosa que, en esencia, era un tributo a ella. Sin embargo, Virginia falleció sólo unos años después, dejando a tres hijos, una niña pequeña y el corazón destrozado de su amado Pedro, que nunca volvió a casarse, pero dedicó su vida a dar lo mejor para sus hijos. Fue también un hombre profundamente generoso con el pueblo de Parral. Al morir, las personas que ayudó, que lo estimaban y admiraban, cargaron con su féretro sobre sus espaldas y se lo iban pasando entre ellos para mostrar respeto a ese hombre que tanto veneraban.

El palacio fue testigo silencioso de grandes transformaciones del país, como el fin del Porfiriato, la Revolución Mexicana, la gripe española y la Primera Guerra Mundial, por mencionar algunas. A pesar del paso del tiempo, la familia mantuvo siempre un profundo amor por ese lugar, especialmente Lilia Alvarado, mejor conocida como Pili, y Elisa Alvarado, mejor llamada Licha, nietas de don Pedro. Licha continuó y se apasionó por el negocio de la minería, mientras que Pili vivió toda su vida en el palacio, el cual heredó, y fue la última guardiana del recinto antes de convertirse en museo. Pili recorría sus pasillos, limpiaba sus piezas y preservaba cuidadosamente cada reliquia, no por obligación sino por amor. Para ella, el palacio era su casa, su refugio y el testimonio vivo de su linaje.
Durante muchos años se negó a abrirlo al público porque era un lugar íntimo y emocional: allí estaban las huellas de su familia, principalmente de su madre y de su abuelo. Habitarlo la hacía sentir acompañada. Por eso, tomar la decisión de convertirlo en museo y entregarlo al pueblo de Parral fue el acto más difícil de su vida. Dejar su hogar dolió profundamente, pero lo hizo con la convicción de que la historia del Palacio Alvarado, la de su familia, la de sus abuelos y la del amor que dio origen a ese lugar merecía ser compartida y recordada por todos, sobre todo por el pueblo de Parral.



