Cien años de Héctor García por Pedro Valtierra

Texto: Pedro Valtierra

Una tarde, después de cumplir con varias órdenes de trabajo en el centro de la Ciudad de México, Héctor García me invitó a comer algo y, de paso, tomar una cerveza “bien helodia” en El Nivel, uno de los bares que por aquellos años tenía “los mejores precios y ricas botanas…”, a un lado de Palacio Nacional, muy cerca de la Catedral, frecuentada por personajes de la política pero también por intelectuales y artistas.

–Ahí tenemos crédito– me dijo sonriendo.

Yo apenas regresaba de un viaje a Cuba, donde retraté a decenas de balseros que huían a Miami con la autorización del gobierno cubano, para el periódico unomásuno. Héctor colaboraba de manera especial para el suplemento de cultura Sábado, que dirigía Fernando Benítez. El archivo fotográfico que había reunido durante los muchos años que llevaba en el mundo artístico y de la política, además de su cercanía con Benítez, lo hacía indispensable en esas páginas.

Atisbando el porvenir. Ciudad de México, 1958. ©HÉCTOR GARCÍA

Fuimos caminando desde Bellas Artes hasta la calle Moneda. Héctor tomaba y tomaba fotos con la cámara que llevaba colgada al cuello, al grado que, por momentos, yo pensaba que no encuadraba bien y lo hacía sólo por el placer de gastar película mientras me relataba historias que le habían ocurrido por esas calles durante sus años de juventud y los de su vida profesional.

–Aquí estaba todo– me decía sobre la zona, con la emoción que siempre tuvo en el rostro.

También allí vivió en otros tiempos, con amigos como Juan de la Cabada y Alberto Gironella.

–Tengo amigos por todos lados, ellos son los que te enriquecen la vida. Lo mejor que podemos hacer los fotógrafos es caminar, andar como pata de perro, de un lado a otro, porque así siempre vamos a tener mejores opciones de tomar imágenes diferentes– expresaba con la alegría que lo caracterizaba.

Llegamos temprano. Apenas nos sentamos, el mesero –que ya lo conocía– nos trajo dos “helodias bien frías”. Después de dar el primer sorbo, empezó a recordar sus andanzas por Cuba…

Entrada de artistas. Ciudad de México, 1958. ©HÉCTOR GARCÍA

–Eran otros tiempos, antes de la revolución, cuando la isla era el centro de diversiones de los gringos, cuando los negros no podían entrar a los restaurantes. Ese país siempre ha tenido su encanto, no se dormía porque los cubanos son fiesteros y cualquier cosa es motivo de celebración. Pues en esas andaba una noche, en un viaje para la revista Mañana que me había enviado a hacer varios reportajes, cuando un amigo fotógrafo me invitó a una recepción que daría el presidente Fulgencio Batista, a quien luego Fidel Castro sacó del poder– contaba emocionado, moviendo sus manos y el cuerpo para darle énfasis a la charla.

–Batista organizaba con frecuencia recepciones diplomáticas y fui invitado a una por personal de prensa del gobierno– me explicaba–. De pronto me vi platicando y brindando en la fiesta con el propio presidente y otros personajes del mundo diplomático, tomando unos rones y daiquirís. Yo les contaba historias de México, de sus artistas y de la política, ya que a Batista le encantaba nuestro país. Creo que a los dos se nos subieron las copas y empezamos a cantar canciones mexicanas: “¡La pura vida!”, me decía. No sé a qué hora terminó aquella recepción diplomática, el punto es que al día siguiente, casi al mediodía, tocaron a la puerta de mi cuarto; un hombre fuerte y alto me dijo muy serio: “Vístase porque el presidente lo está esperando para desayunar”. No daba crédito y tenía un dolor de cabeza feo. Supongo que era “para seguir la fiesta». En cinco minutos me preparé y fuimos directo a la oficina del presidente; cuando llegamos él ya estaba sentado a la mesa: estaba esperándome para aliviarse conmigo y seguirle a la “chorcha”.  Desayunamos y luego me invitó algo para el dolor de cabeza y ahí me tienes contándole todo mi repertorio y echándole y echándole al ron cubano que era muy bueno, de los mejores, mi hermano. Así como no queriendo la cosa nos pusimos otra buena… Batista se fue ya a medios chiles, creo que le caí bien. Algunos amigos en México me critican por esas amistades, pero yo les digo que cada quien es responsable de sus actos, yo sólo tomo fotos.

–No me había recuperado de aquella –siguió contando –cuando me llamaron de México para decirme que me quedaría otra semana para hacer un reportaje de Tin Tán, quien iba a Cuba para filmar una película. Me quedé una semanita más. Tin Tán era mi amigo y pues ¡ni modo, a darle al mole de olla!

–A los dos días llegó Tin Tán, me fui al aeropuerto a tomarle fotos bajando del avión. En aquellos años lo esperaban sus fanáticos y seguidores al pie de la escalerilla y ahí mismo me saludó y me dijo: “¡Héctor!, ¡Héctor! Te encargo”… me dio una cajita pequeña al tiempo que dijo: “Me respondes con tu vida si la pierdas”. Siguió saludando y firmando autógrafos a los que habían ido a recibirlo. Una limusina que lo esperaba afuera del aeropuerto nos condujo al hotel en La Habana. A cada rato me repetía “abusado con la cajita”. Yo tomaba fotos y más fotos ¡Qué mejor lugar, el reportaje me iba a quedar de primera, ¡imagínate!

–Tin Tán platicaba con personas allí en la recepción del hotel El Nacional y me hacía señas de que cuidara la cajita: “¿Dónde está la cajita? ¡Abusado!, ¡abusado! No la vayas a perder”. Como vi que la cajita era importante, la guardé en la mochila y así anduvimos todo el día; la comida, el chupirul, subir y bajar, muchas horas con gente… muchachas y bebidas. Ya a altas horas de la noche regresamos a la suite del hotel El Nacional un poco cansados de tanto ajetreo y subimos a echarnos la última y, bajando del elevador, antes de entrar a la suite, me pidió la cajita. Intrigado por el secreto que guardaba ahí, vi que sacó una pequeña llave del bolsillo y la abrió … Y nada, mi hermano, a esa hora le tuvimos que dar a la yerbita que traía dentro.

–¡La pura vida! –decía, mientras se frotaba las manos.

Héctor García nació en la Candelaria de los Patos, en el centro de la Ciudad de México.

–Tuve el honor de visitar, a muy temprana edad, la correccional para menores, mi primera gran escuela –me explicó.

Empezó a hacer fotos en 1945 en Estados Unidos y, muy pronto, de manera profesional. Al no estar en la nómina de ningún medio, era libre, siempre decía con orgullo. Así se convirtió en la agencia Fotopress, o sea a muy temprana edad profesional comprendió que la independencia y la libertad son necesarias para ejercer el oficio.

–Nace conmigo por esa necesidad de ser, de no depender ni recibir órdenes de nadie, salvo las de mi conciencia y compromiso –expresaba.

Héctor fue uno de los fotógrafos mexicanos documentalistas más importantes de los últimos años y, sobre todo, con plena independencia:

–No fui fotógrafo de órdenes, yo era mi propio jefe y buscaba la información que yo pensaba que valía la pena retratar.

Esa tenacidad le dio la oportunidad de conservar sus negativos y promover su trabajo en muchas partes. Fue un fotógrafo que amó la fotografía; con su inseparable esposa y documentalista María García recorría las calles de la ciudad, ambos con sus cámaras. María fue muy importante para la conservación de sus negativos, ya que ella también entendía la importancia de guardar sus fotos y sobre todo de clasificarlas. Hoy es uno de los acervos más importantes de México y de América Latina.

En 1983 viajamos a Fresnillo, mi tierra, invitados por el presidente municipal Luis McCormick. Ahí Héctor nos contó una historia de sus andares por el periodismo:

–En 1958, durante el movimiento ferrocarrilero que encabezaba Demetrio Vallejo, yo iba todos los días con mis fotos de las protestas, reclamos, golpes, corretizas, enfrentamientos para que las miraran los meros picudos de Excélsior y otros periódicos, y que me las compraron para publicarlas. Me recibieron muy bien: «Qué buenas fotos. Son para primera plana y una o dos páginas en interiores”.

Así lo trajeron días y días, dándole esperanzas, hasta que Carlos Denegri, mientras tomaba sus whiskies en el restaurante Ambassador, le sugirió que mejor hiciera su propio periódico. No le pareció mala idea y así fue como, por primera vez, un fotógrafo se convirtió en editor y publicó Ojo, un periódico tabloide de 32 páginas, junto con Horacio Quiñones. Por fin las fotos salieron a la calle, y como nadie quería distribuir porque los voceadores estaban controlados por el gobierno, él y un amigo agotaron la edición de 5 mil ejemplares en una sola tarde.

García es de los pocos hombres de la lente que conservaron negativos del movimiento estudiantil de 1968, aunque él no estuvo el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas. La mayoría de los negativos y fotos fueron sustraídos de los periódicos y revistas: nadie sabe a dónde ni quién se los llevó. De acuerdo con la versión de varios fotógrafos que hicieron imágenes esa fecha, las buenas fotos se las llevaron personas vestidas de civil con autorización de los directores de periódicos que llegaron a los medios que habían dado cobertura al tema. Aún se discute y debate sobre la cantidad de muertos; una buena forma de saber es con las imágenes que se hicieron ese día: la fotos es un testimonio certero. Por eso es importante que circulen.

Durante muchos años las fotos que más se conocieron fueron las de Héctor y María García; sin embargo, hoy también conocemos las imágenes que tomó Manuel Gutiérrez Paredes “El Mariachito”, como era conocido entre sus compañeros fotógrafos, las cuales se publicaron en la edición 91 (agosto-septiembre, 2008) de Cuartoscuro. Y es que “El Mariachito”, además de trabajar para varios medios, también lo hizo para la Secretaría de Gobernación. Así, guardó en su casa algunos rollos que hizo de los detenidos y torturados por el Ejército y la Policía los días posteriores al 2 de octubre. En un acto que llama la atención, dejó instrucciones para que, cuando muriera, su familia entregara a la UNAM estos negativos y fotografías que había realizado durante su trabajo en Gobernación, un archivo que está ahora en el IINSUE (Instituto de Investigaciones sobre la Universidad y la Educación) de la universidad.

Los aportes de Héctor como fotógrafo son muchos, gracias a su actitud rebelde y libre para retratar lo que para él, como reportero, era lo importante. La revista Life le publicó fotos, lo que le dio fama internacional. Y, sin duda, es uno de los fotoperiodistas más reconocidos: ganó tres veces el Premio Nacional de Periodismo (1958, 1969 y 1979) y su mayor galardón fue el Premio de Ciencias y Artes en 2002, en la categoría de Bellas Artes.

Otra cualidad importante de Héctor es que fue un hombre que siempre cargó con su cámara para retratar todo lo que le parecía interesante. Ser amigo de artistas e intelectuales de la época le permitió hablar y conocer del arte y la cultura a fondo. Entre sus amigos destacan  Diego Rivera, Elena Poniatowska, Fernando Benítez, Edmundo Valádes, que lo reunían con José Revueltas, Manuel Álvarez Bravo, Doña Lola Álvarez Bravo, Nacho López, Efraín Huerta, Salvador Novo y  Javier Molina.

Hoy, que estaría por cumplir los 100 años de edad, lo recuerdo siempre con su clásica frase:

–Dispara y después averigua.

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