Archivo Pablo Ibarra/ Santo Niñito

El archivo de PABLO IBARRA nacido en 1901 en la Hacienda de Guadalupe, municipio de Arandas, Jalisco, Pablo Ibarra dedicó gran parte de su vida a la fotografía. Desde mediados de 1920 y hasta 1973 se dispuso, de manera empedernida, a retratar con sus cámaras fotográficas los diferentes derroteros que la vida tomaba en la región que lo vio nacer, aquélla de los Altos de Jalisco. En el archivo producido por Ibarra en sus más de 50 años como fotógrafo, no sólo figura la fotografía post mortem, tanto de adultos como de niños; en sus imágenes apreciamos, asomándonos en el tiempo, diversos ángulos de la cotidianidad de los pobladores alteños: paisajes, retratos y un sinnúmero de registros de la vida social de la región que conjugan un trabajo documental de profundo valor histórico y antropológico. Un elemento que sin duda cautivó el ojo del fotógrafo, es el de las diversas prácticas rituales y religiosas de las familias y pueblos alteños.

En esta ocasión, dejamos aquí una selección del trabajo de Ibarra en torno a una práctica religiosa particular, aquella de los angelitos. Podríamos resumir dicha práctica de la siguiente manera: la preparación estético religiosa del cuerpo del infante muerto es la simbolización de su tránsito efectivo hacia lo celestial, precede a la práctica la creencia de que el infante, a diferencia del adulto, no ha sido mancillado aún por el pecado y por ello su camino hacia lo inefable está presupuesto. “El concepto de angelitos”, señalará el investigador Arnulfo Salazar Aguirre, quien estudió a profundidad el trabajo de Ibarra, “enmarca creencias basadas en la tradición católica cristiana, donde los niños, al ser bautizados, quedan libres de pecado y viven en estado de gracia, al menos durante sus primeros años de vida, son inocentes”.

Hoy ya prácticamente inexistente, esta práctica religioso-ritual de los angelitos, como señalará también Salazar, parece remontarse a las tradiciones árabes que fueron asimiladas posteriormente por el pueblo español y trasladadas así, con el proceso de colonización, a distintas regiones latinoamericanas, asimilando a veces características vernáculas, deviniendo en variaciones de forma y, otras ocasiones, manteniéndose casi intactas. Si los ritos funerarios y las prácticas diversas alrededor del hecho de la muerte se viven como un momento-espacio liminal, es decir, como un tránsito, un limbo que da lugar a un nuevo orden de realidad –siendo éste, en el caso de la muerte, totalmente misterioso sin el soporte de la estructura de significado religioso– en el que la duda sobre su conclusión ideal, es decir, sobre alcanzar la gloria o su análogo cultural, es un elemento fuerte en la consideración sobre sí mismo, la muerte del infante bajo la lente cultural de esta tradición religiosa, al ser acompañada por una práctica como la de los angelitos, es un momento sí liminal, pero cuyo resultado, al menos bajo este sistema de creencias, es conoce de antemano: el niño, al ser aún un ángel, tendrá garantizada la entrada al cielo.

Quien esté interesado en conocer más sobre la obra de Pablo Ibarra y, en particular, sobre su trabajo alrededor de los ritos funerarios a los infantes en la región de los Altos de Jalisco, se sugiere que consulte el libro Dichoso de ti Angelito: Rituales fúnebres para los Angelitos de los Altos de Jalisco en la obra fotográfica de Pablo Ibarra del investigador Arnulfo Salazar Aguirre, bajo la coordinación editorial de Luis Caballo y con el apoyo del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (Salazar Aguirre, Enrique, 2022).

Repican la campanas de la iglesia. Su timbre agridulce no viene de este mundo: anuncian desde el más allá la noticia a todo el poblado. El cura dijo que no era necesario que nos acompañara hasta el entierro, que a los angelitos no se les ha olvidado el camino y pueden llegar al cielo solitos. Yo le rogué que nos acompañara. Son a lo mucho veinte personas las que caminan en el cortejo con nosotros por las calles empedradas. La niña murió de la enfermedad que le saca ronchas a los niños, apenas le dio hace pocos días, fue rápido. Dicen que es una buena nueva, que los bebés cuando mueren se van al cielo rápido, pero a mí me da más tristeza que consuelo. Ayer estaba viva, yo le andaba haciendo unos calcetines porque ya vienen los vientos fríos. En una semana se le festejaba su primer año, íbamos a ir donde sus padrinos, mis cuñados, que viven a unas cuadras de la capilla donde la bautizaron hace poquitos meses. Yo ya le había dicho a mi tío Jesús que le avisara a mis primos que se fueron a vivir para San Miguel, ahora que fuera a traer de allá su mula, para que también nos acompañaran. Nomás no iba mi hijo Jaimito, que es el mayor y anda ayudándole a sembrar a un señor muy enojón que tiene un ranchito aquí cerca.

Voy llorando. Del cielo gris también cae agua, son gotas como de tristeza, cuando caen al rostro se mezclan con las lágrimas del llanto y uno siente que llora más. Ojalá y no lloviera, ojalá y esto fuera nomás un mal sueño. Ahí va el cura, está caminando con ese perro tuerto que para todos lados lo sigue. Anda como siempre, con la cruz de madera en la mano vestido con su sotana negra y su sombrero de tela que siempre se le descose y hay que turnarse casi cada domingo para arreglárselo. De vez en cuando me busca con la mirada, vigila que no llore, va salmodiando y lanza cada tanto el agua bendita para que nos caiga a todos los congregados, hay algunos a los que les avienta más, como a Don Rodrigo, el esposo de Tere, la partera, que ya tiene dos domingos que no va a misa. De pronto me mareo, se siente tan feo ver a mi niña que se la llevan cargando en la caja su papá y su padrino, no sé si es por ese dolor que me confundo y ya no sé si es el cielo o yo la que está llorando. Alzo la cabeza y cierro los ojos, la poca luz que cae de las alturas me da en la frente y con un suspiro hondo siento que se me mete y casi me consuela por un segundo. Será por el agua bendita que me ha rociado el cura, pero mis lágrimas no saben a sal, su sabor se parece más al del líquido dulce que sale del agave, nomás que cuando ya está añejo de días, un poco más agrio. Ha de ser obra del Altísimo, me dice que nos está acompañando de cerca, eso espero.

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