Las ruinas, la desolación
40 años del terremoto
Portafolio publicado en la revista CUARTOSCURO 186 (septiembre-noviembre 2025)
Al cumplirse 40 años del terremoto que cimbró a la capital mexicana durante la mañana del 19 de septiembre de 1985, Cuartoscuro ha desempolvado un referencial texto escrito por el periodista Manuel Blanco (1943-1998), el cual se halla en el libro Ciudad en el alba, impreso en 1994 por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Este hombre de letras redactó más de mil columnas para el periódico El Nacional, desde 1984 hasta 1989, entre las que destaca la publicada en estas páginas, misma que es ilustrada con el material fotográfico hecho por Pedro Valtierra quien capturó imágenes impactantes en aquel trágico día…
Extraño que casi no se escuchen las sirenas de las ambulancias. La ciudad es un desierto poblado de seres que caminan, pareciera que sin rumbo fijo. Es que es lo mismo por todas partes. Casi no hay cuadra del Centro en la que no falte algún edificio, donde no se miren los vidrios estrellados, los montones de escombros sobre el asfalto. El movimiento sísmico fue de 8.1 grados según la escala de Richter.
No daban las siete y media de la mañana y ya mucha gente, en un día de trabajo normal, se encontraba en su trabajo o rumbo a él. Muchos, como sucedió con el Super Leche, desayunaban a esas horas. En la Secundaria 3, la que está en avenida Chapultepec, los alumnos asistían a clases. En los grandes edificios del Centro Médico también los servicios hospitalarios se llevaban a cabo con entera normalidad.

Después… se hizo la noche. Descendió fulminante sobre nuestras miradas incrédulas. Se sacudió la ciudad, temblaron sus pies, fue un movimiento convulso que puso todas las cosas patas arriba. ¿Cómo saber a estas horas cuál fue el tamaño de la tragedia? El ejército y la policía, socorristas y simples acomedidos, un mar de gente extendiéndose como una mancha silenciosa por todas las calles. La zona del Centro, la Guerrero, la Roma, la Juárez… todavía en horas de la tarde el recuento parece inagotable. Pero el hecho cierto ahí está. La realidad del drama, las sacudidas que todo aquello produce. Urge ganar la serenidad, el difícil equilibrio anímico.
Poco a poco las líneas del metro empiezan a funcionar. Arriba, sobre el asfalto, la gente camina y camina con un nerviosismo no visible, sino más bien latente, contenido. Las miradas son de entendimiento. Hay una clara actitud solidaria y es algo que no se puede ocultar. Todos encuentran en qué ayudar. “No fumes”, dice alguien, “hay fugas de gas.” “Por ahí no pases”, dice otra voz, “el edificio está a punto de caerse.” En Juárez, del Hotel Regis sólo han quedado escombros. El Alfer también está seriamente dañado. Un número no precisado de telefonistas, las de larga distancia, han quedado atrapadas en la central de Victoria, y la parte posterior, la que da para Artículo 123, está también en ruinas.
No, la ciudad no ha desaparecido. Se traga el llanto, sí. Hay que llorar a nuestros muertos, sí. Hay que levantar los escombros y hay que volver a la normalidad. Tenemos que sacar fuerzas de nuestra propia flaqueza. ¿Pero es que todos juntos no hemos sido siempre un verdadero gigante? En las buenas y en las malas hemos aprendido a amar a nuestra ciudad. Nos levantaremos.
Información completa en la revista CUARTOSCURO 186
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