Talleres Cuartoscuro: México no descansa
Fotos y texto de Ian Castelo
Esa frase me la dijo, a medianoche, un checador del paradero de Pantitlán una de las primeras ocasiones en que decidí entablar conversación con los trabajadores de la ruta que se dirige a Perla-Reforma, en Nezahualcóyotl.
Choferes, checadores, comerciantes, policías, pasajeros y personas en situación de calle. A las doce de la noche, la vida bulle en Pantitlán casi como a cualquier otra hora del día. La diferencia es que, bajo la vigilancia de la luna, los camiones y las combis encienden sus luces de neón y ponen música para no hacerle el feo a la Santa Muerte o a San Judas Tadeo, figuras religiosas a las que encomiendan la seguridad —o la abundancia— de su camino.

Son decenas de rutas las que parten desde el Metro Pantitlán hacia distintos destinos, como racimos de uvas que comparten una misma raíz, aunque se extiendan en direcciones diferentes. En muchos casos, hacia las periferias que conectan y mantienen en movimiento a la capital del país.
Los choferes, encargados de trasladar a miles de pasajeros a sus destinos, son parte esencial de ese flujo incesante que recorre el Valle de México. Su labor no es solamente importante: es indispensable. En cada recorrido los acompañan sus santos, sus supersticiones, sus ánimos, su cansancio y sus sueños.



