La refracción del miedo
Texto de Astrid Carrillo Garrido
«Ahora, a esta luz clara e intensa, el paisaje de la ciudad es como el de un campo de casas: natural, extenso, combinado. Pero, incluso viendo todo esto, ¿podré olvidarme de que existo? Mi conciencia de la ciudad es, por dentro, mi conciencia de mí mismo.»
Fernando Pessoa
Fotografía, palabra que proviene del griego phos, que significa luz, y graphos, escritura. Sin embargo, a diferencia de la palabra escrita, una fotografía te permite una lectura casi inmediata, y digo casi, porque en la fotografía de Pedro Valtierra vale la pena detenerse. Activar la vista periférica para ver el todo que lo compone, seguir con una visión central que me revele: ¿qué hora del día era?, ¿cómo era el clima?, ¿en qué tiempo y dónde fue?, ¿qué me dicen los rostros?, ¿qué emociones tienen los sujetos de la foto?, ¿dónde estaba él?, y muy importante, ¿qué me quiere comunicar Valtierra?
Conocí la obra de Pedro Valtierra en el 2009 en Chiapas, mientras hacía parte de mi internado en Altamirano. Un médico guerrillero, que había perdido un ojo en El Salvador, me mostró «La fotografía»: una mujer tsotsil, sobreviviente de la matanza de Acteal, empujando a un soldado.
«Pedro, vas a ser fotógrafo cuando le pierdas el miedo a la luz», así le dijo el fotógrafo Madrigal y fue la frase que inspiró el título de este libro y, probablemente, parte del camino del fotógrafo.
La fotografía es luz, pero también lo es la verdad; perderle el miedo a la luz va más allá de abrir el obturador: es decidirse a dar testimonio a través de una imagen y dejar impreso el sentir. Perderle el miedo a la luz es perderle el miedo a la verdad.

En este libro podemos ver imágenes que tomó un chico de 17 años, proveniente de Fresnillo, que llega a la Ciudad de México, y en su primer trabajo es encomendado a tomar fotos en blanco y negro. Este muchacho, herido por el México en el que creció, se da cuenta de que el instrumento que tiene en sus manos está cargado de futuro y juventud. Y se le revela que:
«ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica».
El blanco y negro, como en nuestros sueños, tan nebulosos como el recuerdo, y la fotografía descubriéndose como una luz entre sombras, venciendo la sombra de nuestros recuerdos, que tantas veces son deformados por los dueños del discurso; la foto, permaneciendo.
Imagino al fotógrafo en un campamento, decidiendo qué tipo de film será el ideal, previendo en su cabeza el sol, el movimiento, el viento.
Tomando en cuenta que eran cámaras de 50 mm, donde todos los parámetros que vemos hoy en nuestras pantallas cobraban un sentido analógicamente artístico. Muchas veces el ojo, haciendo de exposímetro, soltaba el disparo al mismo tiempo que encuadraba la imagen que nos da una historia, logrando quizás ese granulado que provoca nostalgia. Un ejemplo de esto es la foto de las menonitas viendo el horizonte, el sol creando matices y arrugas en la cara, ellas colocadas en el tercio medio de la imagen, perfectamente bien encuadradas por una viga diagonal, para que así el espectador pueda hacer su labor imaginativa tratando de descubrir qué es lo que las tiene absortas: una madre de mirada vacía, un niño triste y una niña hastiada. Y si vemos al mismo tiempo esa foto galardonada con el premio Rey de España, notamos el mismo sello: el fondo de la multitud de cascos militares, un militar en el tercio medio, la línea diagonal marcada por el rifle, la mujer, que aunque no vemos su cara, sabemos que está furiosa, reta, empuja al militar. Son las sobrevivientes, no les importa el arma del opresor, ya no tienen nada que perder; el militar desconcertado, «los patos tirando a las metralletas».

Si vemos al mismo tiempo esa foto galardonada con el premio Rey de España notamos el mismo sello: el fondo de la multitud de cascos militares, un militar en el tercio medio, la línea diagonal marcada por el rifle, la mujer, que aunque no vemos su cara, sabemos que está furiosa, reta, empuja al militar. Son las sobrevivientes, no le importa el arma del opresor, ya no tiene nada que perder; el militar desconcertado, «los patos tirando a las metralletas».
A través de este archivo fotográfico hacemos un recorrido cotidiano, cultural y político por la historia desde los años 70 hasta el día de hoy. El conflicto en países como El Salvador, Guatemala, Nicaragua, Haití, República Árabe Saharaui; en México, pasando por Fresnillo, Valparaíso, el DF, Puebla, Chiapas.
Y nosotros como espectadores descubrimos, a través de su lente, un México empobrecido, desigual; un México de personas olvidadas, de injusticia y guerrilla. La contraparte: la resistencia, la indignación y la dignidad.
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Atravesar el río, trabajar, un conjuro de esperanza; una madre y un niño esquivando a un hombre y su botella: «esta botella (…) es mi cobija» —la cobija que lo extrae del mundo, que lo anestesia—; soldados disparando a feligreses; Sandino y Zapata; camuflaje y miradas. Esconder el rostro, esconder el nombre para seguir con vida, exigir justicia. La búsqueda de objetos, nombres y personas en los restos de edificios tras el temblor del 85, el hedor en las calles, perder a un amigo. Es testimonio de que, entre todo ese caos, los hermanos se cuidan, la gente se organiza, lucha; los niños sonríen, juegan y bailan. Otra vez la luz.

Acompañando las imágenes encontramos un primer texto por el fotógrafo, la introducción a su obra, las personas que lo marcaron, las frases y acontecimientos. El surgimiento de La Jornada, su paso por unomasuno y la fundación de la revista Cuartooscuro. Su compromiso.
El periodista Pedro Mellado Rodríguez rememora la llegada del zacatecano, la indignación de un país donde ser periodista significa ser perseguido. Echeverría, el opresor; la memoria fresca del 68; el asesinato del presidente chileno Salvador Allende. La formación de la conciencia social, política y de clase de Pedro Valtierra.
Ricardo Yáñez, periodista y poeta, acompaña cada fotografía con un poema que otorga musicalidad a la experiencia, actuando como una especie de banda poética.
«No me pesa mojarme, no me pesa el costal que pesa en mi cabeza,
no me pesa la luz que me circunda.
¿Me pesa el pensamiento?,
¿el pensamiento vuela?
Árboles de tronco hundido
son los árboles. Árboles de tronco hundido
somos nosotros.»
Finaliza el novelista Élmer Mendoza con consejos que nos permiten transitar de la mejor manera por la fotografía de Pedro Valtierra. Se refiere a este libro como la exclamación de que nada está bien en este país: fotografías vociferantes. Élmer otorga otra voz a las imágenes de Valtierra, imaginando lo que pensaban y decían los sujetos.
Todos ellos, concordando en que la fotografía periodística nos permite recordar, y solo recordando podremos rescatar nuestra digna rabia.




