Ocho fotógrafas desde Cuartoscuro
Varias fotoperiodistas nos comparten sus reflexiones acerca de cómo, en sus respectivas vidas, la cámara se convirtió en una herramienta para documentar luchas, memorias y resistencias femeninas en México
En el fotoperiodismo cada imagen muta en memoria.
La historia social se construye con fragmentos de protestas, resistencias y gestos cotidianos, entre otros tantos elementos; y cada foto hecha en dicho contexto nos dice que, detrás de la lente y el visor, existe una mirada, la cual decide qué mostrar, qué dejar por fuera del encuadre y cuál es el mejor modo de narrar visualmente en determinados momentos. En el marco del Día Internacional de la Mujer, las fotógrafas de la Agencia Cuartoscuro remueven recuerdos en sus biografías para compartir por qué se aproximaron hacia ese oficio, cuáles historias de mujeres marcaron a fuego su manera de mirar y cómo imaginarían una sola imagen capaz de representar al 8 de marzo: una jornada no de celebraciones, sino de organización y ocupación del espacio público.
Gabriela Pérez Montiel
En el acto de ir cazando pedazos de la realidad con su cámara en las manos, esta mujer fabricó una forma de intentar entender al mundo, así como un proceso para conocerse a sí misma. Antes de dedicarse al fotoperiodismo, ella exploró distintos estilos; pero, al documentar protestas, cuerpos rebeldes y puños en alto, fue entonces cuando descubrió su propósito profesional:
“No se trataba, únicamente, de hacer imágenes estéticas, sino de contar realidades, capturar gestos de resistencia, miradas de esperanza y escenas que forman parte de la memoria social”.

Varias historias han dejado huellas imborrables en las retinas de esta fotoperiodista, aunque ciertos relatos ocupan un peso y un espacio mayúsculo, insoslayable. Por ejemplo: las experiencias de madres que buscan a sus hijos desaparecidos. Al retratarlas, Gabriela Pérez Montiel comprendió que su función no era “darles voz”, sino construir un espacio visual donde sus luchas pudieran ser vistas y escuchadas con respeto. Desde esa labor profesional, en ella surge una idea, una imagen que pudiera ser símbolo del 8 de marzo: “Incluiría a mujeres de distintas edades, profesiones y contextos sociales, todas tomadas de las manos. En esa fotografía privilegiaría la luz natural fuerte, con miradas directas hacia la cámara y agregaría libros, herramientas de trabajo y pañuelos que representen lucha y memoria”.
Estrella Josento
Desde el inicio, para ella, la fotografía fue una manera de decir sin palabras.
Con el tiempo, también se convirtió en un mecanismo para preservar memorias que suelen quedar por fuera del encuadre oficial. “La cámara se convirtió en una extensión de mi mirada, una manera de observar con pausa en un mundo que va demasiado rápido. Descubrí que no sólo quería tomar imágenes, sino también salvaguardar memorias, especialmente, de mujeres habitantes de comunidades pequeñas, las cuales resisten desde lo cotidiano”.

Un momento que trastocó su mirada fue cuando, a través de su cámara, fotografió a la activista Olimpia Coral Melo quien protestaba en una marcha pacífica junto a su madre y otras mujeres de Huauchinango, Puebla. “Entendí que mi cámara no estaba frente a una figura pública, sino ante una historia de resiliencia colectiva. La presencia de su madre me recordó que las luchas no nacen en soledad, sino en el dolor compartido y transformado en acción”. Esa experiencia se refleja en la imagen que Estrella Josento bosqueja acerca del 8M: “No sería una sola mujer, sino muchas: manos entrelazadas de distintas edades, pañuelos verdes y morados, cuadernos, herramientas, flores marchitas y flores recién abiertas. En esa fotografía se mirarían sombras, pues la lucha aún no termina; pero la luz entraría de frente como símbolo de la fuerza colectiva”.
Carolina Jiménez
El psicoanálisis y un bello poema de Rainer Maria Rilke afirman que la infancia es el epicentro de la vida humana, un punto de origen, el comienzo de un viaje de ida. En el caso de Carolina Jiménez, esta etapa de su biografía fue el punto de partida en su vínculo con la fotografía: sujetando una cámara de rollo familiar, con el tiempo comprendió que las fotos no guardan meramente recuerdos, sino que construyen un relato colectivo. “Tenía la idea de que las fotografías eran recuerdos de vivencias acumulados con los años… Ahora considero que, además, las imágenes materializan documentos de una memoria colectiva”.

Su manera de mirar se transformó bajo la constante cobertura de temas relacionados con el género: “Dicha labor me ha dado herramientas para reconocer, incluso en mí, conductas normalizadas sobre machismo, violencias y desigualdades”. Su imagen acerca del 8 de marzo sería una, directa y simbólica: “Puños en alto de diversas mujeres, unidas por la defensa de sus derechos”.
Crisanta Espinosa Aguilar
Una cámara desechable provocó un big bang en la vida de esta fotoperiodista: así fue parida su fascinación por la fotografía. Más tarde, ella comprendió la relevancia de aquel soplo de vida insuflado que habita en toda captura, en todo encuadre: “Cuando entendí el valor de cada imagen, entonces, el oficio fotográfico se convirtió en mi forma de expresarme. Cada foto lleva un pedacito de mí y mucho de lo que me rodea. Compartir esas historias que están ahí… a sólo un clic… es lo que me motiva”.

La fotoperiodista Crisanta Espinosa Aguilar ha retratado a muchas mujeres cuyos pasos reflejan adversidad y pundonor, inmensa tristeza y amor. “Ellas tienen una historia única de lucha, dolor, coraje, valentía, superación, éxito y esperanza”. Siguiendo ese ejemplo femenino que ha encontrado al otro lado de la lente, ella imagina así una hipotética e idónea fotografía que simbolice al 8M: “Mujeres de todas las edades, unidas de la mano y caminando juntas, mostrando su lucha por un país y un mundo libres de violencia… allí donde la equidad y el crecimiento florezcan”.
Elizabeth Ruiz
Tras hallar que la fotografía podía ser una forma de narración, esta mujer asumió el reto de enrolarse en las filas del fotoperiodismo. “Descubrí que, a través de la lente, mi mirada tenía algo que decir… ya fuese contar historias tristes o alegres. Entonces, la fotografía se convirtió en mi forma de expresión”. Altas dosis de ternura hacia los procesos femeninos atraviesan el quehacer de esta profesional: “En mi rol laboral al sostener una cámara, concibo que desempeñar el fotoperiodismo significa sensibilidad, tener empatía y narrar historias, especialmente de mujeres”.

Una mujer indígena en Chiapas, mezcla de pesadumbre y fortaleza, ronda a manera de perene recordatorio en la psique y en el cuerpo de esta fotógrafa. “Para mí, esa imagen que hice tiene un valor muy especial, pues capté su sufrimiento y, al mismo tiempo, el valor que tiene ser indígena y mujer en las zonas más marginadas”. Elizabeth Ruíz, con aquel retrato rural aún en su hipocampo, mentalmente construye los parámetros éticos, estéticos y políticos con los que crearía una postal representativa del 8M: “Mirar el mundo con intención, transformarlo en imagen y dejar huella con cada captura”.
Mireya Novo
En el mundo de la fotografía halló revelada la manera más honesta de mirar al mundo. “Las cosas cambian cuando pasan por un encuadre; no se reducen: se revelan. La luz que habita en una imagen transforma lo cotidiano y lo muestra desde una perspectiva única”. A través de un largo camino andando en su oficio, Mireya Novo entendió que su misión no sólo es observar la realidad, sino que también requiere interpretarla.
Una cobertura fotográfica generó un cisma en su concepción sobre el porqué sujetar una cámara entre las manos; ella retrató a una anciana cuya casa se inundó; mientras caminaba entre el agua y los muebles arruinados, aquella damnificada repetía que su colchón estaba mojado y no tendría en dónde dormir esa noche: “Entendí que mi papel no era retratar el dolor como ajeno, sino documentarlo con responsabilidad y dignidad”. Este mantra que la guía en cada jornada de trabajo le hace visualizar una posible fotografía del 8M: “Sería una escena donde no haya un único modelo de mujer, sino múltiples posibilidades conviviendo en el mismo espacio”.
Isabel Mateos Hinojosa
La fotografía apareció en su vida como un punto de encuentro entre la sensibilidad artística y un modo de ganarse el sustento diario. “Busqué un camino que uniera la creación con una forma de vida sostenible. Así, hallé ese equilibrio perfecto entre arte y oficio”. Más adelante, el fotoperiodismo terminó por darle sentido a su trabajo: “Entendí que mi cámara no solamente captura imágenes, sino que funciona como una herramienta al servicio de las luchas y las resiliencias de mi entorno”.
En Chiapas, un vuelco se suscitó en ella al documentar la historia de Susana y su madre, mujeres que exigen justicia ante la desaparición de un familiar. “Ellas me enseñaron que la vida tiene otros tiempos: el mundo debemos caminarlo con un profundo respeto hacia las formas del otro”. A partir de ese contacto con el dolor, sí; pero también con la férrea esperanza, Isabel Mateos Hinojosa crea, en su mente, una fotografía que podría representar al 8 de marzo: “Aprendí que la relación entre fotógrafa y fotografiado es el corazón de la imagen”. Para ella, ese retrato tendría como elemento central la mirada: “Una que interpele al espectador desde un lugar de poder y pertenencia, representando la alegría de resistir juntas”.
Graciela López
La infancia como ese sitio en donde todo ocurre por vez primera. En el caso de esta fotoperiodista, esos años iniciales de vida le permitieron observar las imágenes de los viajes hechos por su padre, el cual llevaba consigo una cámara, incluso, en momentos cotidianos. “Él lo hacía por hobby… y, así, mi interés ante la fotografía fue despertando desde pequeña”. La decisión de dedicarse a contar historias visuales se consolidó después de terminar sus estudios de licenciatura, etapa cuando realizó su servicio social junto a hijos de locatarios del Mercado La Merced, ubicado en la Ciudad de México: “Ahí me di cuenta de que quería contar más historias a través de la fotografía”.
A lo largo de su trayectoria, ha pausado y eternizado en el tiempo a un sinfín de cuerpos femeninos.
“Me han sensibilizado todas las historias de aquellas mujeres que he retratado. Así, comprendí que todas hemos sufrido violencia de género en diferentes momentos de nuestras vidas”.
Desde esa toma de conciencia, Graciela López fabrica, mentalmente, una fotografía que simbolice al Día Internacional de la Mujer: “Pienso en una captura que muestre una narrativa visual sobre la exigencia de derechos y justicia frente a la violencia de género, la desigualdad o las desapariciones”.



