Más allá de lo trascendente

Portafolio publicado en la revista CUARTOSCURO 187 (diciembre 2025-febrero 2026)

La primera cámara que consiguió Miguel Fernández de Castro tenía la pantalla rota. Era una gris y vieja, de esas compactas, en donde el visor es secundario y pequeño. Hacía poco tiempo había descubierto la fotografía tras participar en un taller impartido por el fotógrafo sonorense Javier Ramírez Limón. Miguel, oriundo del municipio de Altar, al noreste de Sonora, tenía entonces 21 años y acababa de dejar la carrera de Artes para estudiar filosofía en Tijuana, lejos de su tierra natal. En su casa no había cámaras, según él nunca las hubo. Su padre, al igual que su tata, el resto de su genealogía, y la mayoría de la población en la región, se dedicaban a la ganadería. Sus tíos y primos, repartidos en ranchos del desierto, tenían nulas inclinaciones hacia las artes. Su destino estaba trazado: hacer crecer el ganado familiar.

De manera accidental, sus primeros encuentros con el arte se dieron en su adolescencia, en la Ciudad de México, donde estudió parte de la primaria y secundaria. Los quehaceres de su padre habían llevado a la familia a la capital. Allí, con un grupo de amigos, solía graffitear bardas firmando como “Rense”. Al regresar a Sonora, hizo lo mismo en Hermosillo. La idea de la fotografía apareció gracias a los consejos de Javier Ramírez Limón; decidió aprovechar unas vacaciones para visitar las dunas de Puerto Peñasco y fotografiar el lugar con su primera camarita rota. Así comenzó a tomar sus primeras fotografías fuera del taller.

Cuenta durante una entrevista a la distancia:

M: Era la foto clásica de unas dunas. Unas pinches fotos feas ahí del desierto. Las metí a un festival en Sonora y me dieron el premio, ¡25 mil pesos! En ese tiempo a mí me parecía una millonada. Y con eso me compré una cámara y un boleto a Tijuana.

Desierto de Altar, 2024. La restauración absoluta de todas las cosas a su estado original-El Bajío.

Con pronunciación pausada y el sosiego bronco de la ruralidad sonorense, la voz de Miguel sale de las bocinas robotizada por el audio de la computadora. Paradójicamente, mientras hacemos la videollamada, Miguel está en la Ciudad de México resolviendo unos trámites aduanales y yo en un pequeño hotel afuera de la central de autobuses de Santa Ana, en Sonora. Me cuenta que, tras su primera incursión en la fotografía en Peñasco, comenzó a explorar creativamente el desierto sonorense, al principio de manera digital. Corría el año 2010. Usando Google Earth, recorrió brechas del desierto durante meses, tomando captura de pantalla donde los caminos terminaban. Inquieto, compuso un trabajo de 400 imágenes que presentó a la Bienal FEMSA. El proyecto, “El Fin del Camino”, le valió 200 mil pesos del premio de adquisición, con los que además de equipo fotográfico, compró unas vacas.

M: Hubo tiempo que pensé en combinar la fotografía y el ganado. Pensé que era una buena idea porque mis jefes ya tenían el rancho allá. Pero no es cierto, era un sueño guajiro, no es tan fácil, sobre todo en el desierto. Vendí las vacas porque no me daba el tiempo. El ganado requiere mucho de estar ahí.

Fueron escapadas a las dunas, caminatas virtuales o infructuosos empeños ganaderos. Inmerso en proyectos fotográficos que lo alejaban de su tierra, Miguel emprendía cada vez más el retorno a Altar, su lugar de origen. Se daba cuenta de que una especie de magnetismo visceral lo atraía hacia el desierto. Recuerda una vez en que, en Hermosillo, un grupo de periodistas se impactó al enterarse de su origen.

Desierto de Altar, 2019. La sombra de la tierra no.5.

M: Al conocer también lo que gente de fuera estaba haciendo ahí me empecé a fijar más en lo que uno siempre había tenido enfrente, a revalorizar esos lugares. Lugares que pueden ser, y son, muy traicioneros.

P: ¿Por qué traicioneros?

M: Si no te vas, güey. Altar es un pueblo de traficantes, de mafias muy antiguas. Antes era otro tipo de trasiego, hasta cierto orgullo había en conocer el desierto y saber por dónde cruzar. Un chingo de compas se dedicó a la malilla, a la sicariada y así.

P: Aunque sea hipotético, ¿ese hubiera sido tu camino si no hubieras vivido en Hermosillo, en la Ciudad de México o en Tijuana?

M: Es muy probable. No hay mucha industria de otras cosas allá. Para la chavalada, se cierra el mundo. También hay muchos ermitaños en los ranchos; un tío mío duró 35 años sin salir de allá. Mentalmente, el aislamiento afecta.

P: Me has dicho que durante tus estudios de filosofía leíste con entusiasmo una corriente sobre lo efímero y la importancia de lo no-importante. ¿Cómo influyó en tu fotografía?

M: Había algo que me recordaba la manera en que crecí en el rancho con mis abuelos. Los veía pasar horas en silencio, tomando café y viendo el atardecer. Esa noción de intrascendencia me remontaba a mi niñez. No esperar un acto espectacular, sino notar las cosas “no importantes” que forman el día a día.

P: Hace tiempo vi una entrevista donde hablabas del desierto como un territorio vivo, no metafórico, sino por la impronta humana. ¿Cómo es tu relación con él hoy?

M: Mi relación con el desierto no ha sido conceptual, sino emocional. Recuerdo caminar por Altar tomando fotos y sentir algo irradiando del subsuelo. En 2019, trabajando con las Madres Buscadoras de Sonora, confirmé eso: encontraban fosas donde yo había estado. Esa ambigüedad me interesa mucho.

P: ¿Ambigüedad?

M: Sí. Un chaleco, un radio o un arma puede pertenecer a la Guardia Nacional, a la Marina o a la sicariada. El camuflaje lo usan la mafia, el gobierno, los cazadores y los migrantes. Siempre hay un juego de espejismos, de no decir quién eres de inmediato. Las cosas cumplen múltiples funciones. Una rama quebrada puede ser señal de algo que ocurrió.

P: Nada es lo que parece.

M: Exacto. Todo está vivo en el desierto, y para verlo hay que afinar la mirada, saber que lo aparentemente intrascendente puede ser de importancia radical.

P: Para ti, ¿qué es la fotografía?

M: Híjole, qué pregunta tan difícil. Pero pienso que la fotografía es un medio de cultivar paciencia y la mirada, de aprender a ver sin prisa. Como esa cámara rota que me obligaba a mirar más. En Altar, muchos buscan historias, pero lo que pasa ahí requiere paciencia y observación.

Información completa en la revista CUARTOSCURO 187

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