El Cielo fortruito. Sobre “Vacío y Permanencia” de Alfredo Esparza Cárdenas
Texto de Gabriel Rodríguez Liceaga
Portafolio publicado en la revista CUARTOSCURO 187 (diciembre 2025-febrero 2026)
I
Recuerdo un documental ciertamente ocioso y ficcionado que vi en los inicios del entretenimiento vía YouTube. En este se planteaba qué pasaría si de un momento a otro los seres humanos desaparecieran súbitamente del planeta Tierra. A grandes rasgos: las plantas nucleares desatendidas explotarían y el único registro de que existimos sería la cándida huella en la Luna.
Las fotografías que conforman “Vacío y Permanencia” de Alfredo Esparza Cárdenas me hicieron recordar dicho video. Estamos frente a un titipuchal de escenarios llanos donde la presencia humana transforma radicalmente el paisaje. Pero no es una presencia jovial o pulsante, es la manifestación de la vida en el deterioro. Lo oxidado, lo seco, lo que yace en los huesos.
Al nacer en una familia dedicada al campo, cuando era niño, el fotógrafo, viajaba de rancho en rancho por la región de su natal Torreón. Siempre expuesto al monte. En este ir y venir, desarrolló una opinión visual de lo que es un paisaje. En las ruinas vio el límite del territorio. Hoy, Alfredo Esparza Cárdenas nos invita a replantear la forma como imaginamos dichas ruinas. O mejor dicho: la forma como habitamos el entorno.

En las imágenes, se van integrando varios elementos que conforman la idea del paisaje rural en el norte profundo mexicano, el semidesierto. Hay una identidad gestándose y todo narra, atrapado en su paréntesis: las líneas de luz que no transportan electricidad, ladrillos sin muro, las vísceras de la tierra, anuncios publicitarios que ya no venden nada, el cadáver momificado del perro que una familia mató porque se comió los huevos que ese día pusieron las gallinas, pañales que usaron bebés que quizá ya son adultos, gestos escultóricos inesperados, espantapájaros involuntarios, la cabeza de un T-Rex pintada en una piedra, autopartes y plantas en imprevista comunión, piñatas que nadie rompió. En palabras de Alfredo: “Gestos con cualidades escultóricas que dan poder poético para hablar de las problemáticas alrededor del territorio”.
A las ruinas se les incorpora una capa estética.
Clic.
Y vuelven a ser basura una vez que termina la imagen
Hay un elemento que engloba toda la colección. El cielo. El cielo amplio y claro del semidesierto. Un azul intenso entregado a paletadas. Alfredo opina que la reina de las artes es la pintura. Y en sus fotos es el cielo, su silencio visual, acaba enmarcando el paisaje. Dándole al drama oxidado del planeta tierra, su valor minúsculo de huella en la luna.

II
Alfredo Esparza Cárdenas es, además, un héroe de acción. Sus derivas en el desierto profundo requieren planeación. Necesita saber dónde hay una gasolinera cerca, en qué pueblo podrían asistirlo en caso de un accidente mecánico, sabe dónde no meterse porque hay minas y ese es sinónimo de la presencia del crimen organizado. En un par de ocasiones, cámara en mano, se metió, acaso involuntariamente, en fosas comunes. Escenas del crimen sumamente castigadas por el sol y en las que es una mala idea modificar la basura que uno se encuentra para crear esculturas fortuitas. Debajo de un Pinabete, el fotógrafo se encontró restos humanos. Y a unos 20 metros, un reguero de veladoras. Resulta que, en la oscuridad del desierto, ilumina más una veladora que una linterna. Hay en esto mucho de poético.
No cuesta trabajo imaginar a Alfredo, lucubrando ya en casa sobre qué hacer con esas veladoras. Qué pieza. Qué vacío y qué permanencia.
Información completa en la revista CUARTOSCURO 187
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