El jardín de las abejas nativas de México

Texto y fotos de Diana Caballero

Portafolio publicado en la revista CUARTOSCURO 188 (marzo 2026-mayo 2026)

Una coincidencia de tiempo y espacio en una reserva destinada a restaurar la vida. Ahí, una planta aferrada al pie de un arroyo emitía un llamado invisible. Frente a ella, la conducta obsesiva de un grupo de seres iridiscentes y alados atrapó mi mirada para siempre.

Sin saberlo, esa mañana presenciaba la colecta y almacenamiento de una fragancia, un compuesto químico y volátil proveniente de la planta. “Eran machos de abejas de las orquídeas” —susurró una voz femenina al ver una de mis fotografías—. Vuelan grandes distancias atraídos por los aromas más exquisitos de bosques y selvas neotropicales. Cuando llega el momento, crean su propia fragancia para llamar a las hembras. Si tienen éxito, se aparearán con un fin exclusivo: la permanencia de su especie.

Macho de abejorro, Bombus huntii, sobre Cirsium nivale. Parque Nacional
Pico de Orizaba, Puebla, 2019. ©Diana Caballero

Pasaron diez años antes de encontrar a un macho llevando, involuntariamente, los polinarios de una orquídea, esta vez en un jardín urbano que hace algún tiempo fue cafetal y, antes, bosque de niebla. Orquídeas que dependen de sus polinizadores: abejas solitarias altamente especializadas, que forman un linaje con más de 200 especies endémicas de la región neotropical y sus alrededores.

Como muchas personas, crecí con la idea de una abeja asociada a la miel, la colmena, el aguijón y lo sagrado. La abeja nativa de Europa, África y Asia —Apis melífera— no es la única especie social con estas particularidades. En México se han descubierto 46 y, en el mundo, más de 500. Se les nombra de múltiples maneras según el lugar, pero son conocidas como abejas sociales sin aguijón, y sus vidas están ligadas a las plantas de las regiones tropicales y subtropicales. De apariencia no son tan llamativas como algunas solitarias; sin embargo, desde tiempos muy antiguos han estado vinculadas a grandes civilizaciones, culturas y pueblos.

Creció mi asombro al saber que más del 90 % de las abejas llevan vidas solitarias. El encuentro con un macho ocurre solo en el cortejo y apareamiento; su existencia, en realidad, depende de la labor de una madre que construye y abastece el capullo donde gesta la vida. Un huevo fecundado dará origen a una hembra; uno no fecundado, a un macho. Desde que emergen a la luz hasta que mueren, viven solas en todo tipo de paisajes, aunque muchas prefieren zonas áridas y desérticas. Se sabe poco de su biología y cada año se descubren nuevas especies.

Pronto entendí que no es fácil reconocerlas y que solo los ojos entrenados en la taxonomía pueden hacerlo con certeza. A veces, mis propias limitaciones me impiden distinguirlas de sus ancestras: las avispas. Sin embargo, la primera vez que apareció una abeja cuco (o cleptoparásita) supe que estaba frente a una de ellas. Su cuerpo robusto y el abdomen terminado en punta ilustraban lo que había leído en textos científicos. Estas abejas, también solitarias, no construyen nidos ni colectan alimento para sus crías; lo hacen las hembras que parasitan. Aunque se sabe poco de ellas, se estima que representan cerca del 15 % de las especies, y en el desierto me encontré con varias de ellas.

Hembra, género Halictidae, en las flores de una salvia. Amatlán de los
Reyes, Veracruz, 2018. ©Diana Caballero

Este universo fascinante —inimaginable en belleza, diversidad e historia— había permanecido invisible a mi mirada. Vivía ignorando la existencia de más de 21,000 especies de abejas documentadas por la ciencia: una gran familia con diversidad de tamaños, formas y colores; conductas, hábitos, preferencias florales y formas de vida. Conjuntos de características compartidas que definen los linajes y las especies. Cada una porta una memoria biológica única, moldeada por el entorno, donde incluso los individuos adquieren variaciones que influyen en las generaciones futuras. Un universo que me invita a mirar a las abejas, las plantas y sus territorios desde otras dimensiones.

Desde entonces, aprovecho cualquier oportunidad para mirar una flor y viajar sin buscar algo específico. Todo es nuevo y cambiante. Al llegar a un lugar desconocido, mi universo encuentra nuevas posibilidades. Recorro caminos, observo la vegetación y, si encuentro plantas con flor, la búsqueda cobra sentido. Me acerco cada vez más a la planta. Agudizo los sentidos: estoy atenta a sonidos, vibraciones, movimientos o aromas. Reacciono a estímulos, aunque no siempre los comprenda. Observo las características del suelo, el estado de la vegetación que rodea; siento la temperatura, el viento y la intensidad del sol. A veces quisiera ser planta: permanecer en un punto y, en algunos sitios, aprender de los ciclos —en especial de los florales—, vivir en otras temporalidades. El tiempo que permanezco en cada sitio es variable. Casi siempre voy de paso. Si tengo suerte, aparece una abeja nativa. Si estoy preparada, tal vez logro un testimonio visual. Si hay tiempo y éxito, descubro detalles de su existencia.

Información completa en la revista CUARTOSCURO 188

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